Estos días de agosto, la segunda quincena, que marca mi cumpleaños, es la peor: el calor se disparata, los periódicos no tienen de qué hablar que no sea de Sánchez y de la panda en Lanzarote y todo se muta a un tedio insoportable, adornado maliciosamente por el diablo con una calufa que te anima a echarte en un sillón para siempre, con un chorro de carísimo aire acondicionado apuntándote directamente a la jeta. Son días que se han vuelto locos, entre calimas y sudores, partes engañosos de la autoridad, que no cesa de hablar de fenómenos costeros. ¿Y a mí qué coño me importan los fenómenos costeros si no tengo barco, ni meto los pies en la playa, estoy más blanco que la leche y ya no me gusta tomar el sol? Estoy deseando que venga septiembre con la fresca y que se lleve este agosto pegajoso, en el que no encuentras a nada ni a nadie y casi todos los funcionarios se han ido a tomar por saco. Ya ni siquiera están en El Corte Inglés, la chaqueta colgada en la silla, como dando a entender que van a volver enseguida. Y las funcionarias llevan al trabajo dos bolsos, uno para dejarlo en la mesa, advirtiendo al común que están, y el otro para El Corte Inglés. A mí me las van a pegar cuando llevo años visitando dependencias oficiales, para joder. Conste que no son todos, que muchos cumplen como está mandado con su horario y con sus obligaciones, pero la burocracia nos está matando y esto no hay septiembre que lo arregle, ni funcionario que lo resista, ni ciudadano que lo soporte. Agosto se va, como cada año, para dar paso a septiembre, que es el mes de la transición, de ponerse al día, con lo que tampoco se dispara chícharo. Es la vida.
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