tribuna

El mundo en que vivimos

Si me enzarzo en un debate online con una IA, no tardaré en darme cuenta de que tratar de cambiar sus opiniones es una pérdida de tiempo”. He leído esto en alguna parte y lo considero una verdad incontestable. La IA se ha fabricado para no alterar sus convicciones tan fácilmente. Digo convicciones y me estoy extralimitando al otorgarle sentimientos humanos e instintos que realmente no posee. La IA tiene la seguridad de su superioridad y nosotros tendemos a considerar su infalibilidad como un hecho incuestionable. Cuando estudié las ecuaciones lineales, me percaté de la imposibilidad temporal que tenemos para realizar un cálculo manual en función del número indeterminado de variables que introduzcamos. Esa operación solo la pueden realizar con cierto éxito los ordenadores. Así que, a partir de aceptar esa minusvalía frente a las máquinas en un asunto relacionado con la toma de decisiones inteligentes, reconocí que existían entidades con las que era inútil discutir, pues en su constitución tecnológica no admitían esa posibilidad. Al final, el debate es solo un ejercicio de intercambio de palabras construidas ordenadamente. Así que me refugié en la discusión con semejantes que se encontrarían con las mismas limitaciones que yo. Todo esto era así hasta que me tropecé con un género de personas que actuaban igual que las máquinas a la hora de fijar sus opiniones: eran los adeptos a determinadas ideologías y a otras tantas creencias religiosas. Se comportaban igual y, además, lo hacían con el mismo empecinamiento que las máquinas. No existía más verdad que la que les habían inoculado y estaban cerca de conquistar un mundo en el que no existía la réplica ante sus planteamientos. A mí no me quedaba más que algo tan endeble como la razón. Al fin y al cabo, la razón y la lógica son atributos de los humanos creados por sus propias convenciones. Con algo tan endeble no podía andar seguro por el nuevo mundo que se estaba construyendo, así que me dediqué a seleccionar actividades donde pudiera sentirme exclusivo y satisfecho. Me puse a juntar palabras, creyendo que ahí podría encontrar una combinación infinita, pero también me apercibí de que la IA disponía de las mismas herramientas que yo, pero con la posibilidad de exponerlas y ordenarlas a una velocidad muy superior a la que pudiera imaginar. Esto, en sí mismo, suponía un hándicap terrible que me hacía sentir en una situación de minusvalía. Bueno, me dije, tienes que aceptarlo; al fin y al cabo, se trata de entidades de naturaleza diferente. Tú eres orgánico, dependiendo de la expansión de cadenas de carbonos y ellas tienen una estructura basada en el silicio: son otra cosa. Pero mi desesperación vino cuando comprobé cómo las masas ideologizadas se comportaban con la misma formación cerrada de las máquinas, solo que unidas por un comportamiento fanatizado, proveniente de una obediencia ideológica. Eran como los alevines en un gran cardumen, aparentando ser un gran monstruo invencible que solo presentaba la apariencia de su consistencia artificial. Luego hice un repaso por la historia y vi cómo esas masas ciegas habían terminado diluyéndose igual que los elementos gaseosos y circunstanciales que eran. Siempre quedaría lo humano, los artistas, los escritores, los músicos y una pléyade de gente libre que hacían marchar al grupo hacia delante. Incluso la IA tenía una limitación a su supuesta autonomía, y recordé a Arthur C. Clarke cuando hace que el astronauta Bowman desconecte al ordenador HALL 9000, que pretende apoderarse del mando de la nave donde hace su odisea por el espacio. No pierdo la esperanza.

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