Decía Rilke que la verdadera patria es la infancia y Pessoa que la patria es la lengua. Se mama, añado yo, desde la cuna y cristaliza en los primeros años de vida. Traigo a colación el recuerdo de estos dos grandes poetas para enfatizar, lejos de cualquier alharaca patriotera, la importancia de la efeméride del 12 de octubre como celebración de algo extraordinario, que 600 millones de personas compartimos la lengua española. Merece una fiesta especial de ocho días, como hace la Iglesia con las grandes solemnidades, y hoy estamos en la mitad de la octava.
La lengua española nos da proyección en el mundo y no necesita del auxilio de ninguna otra para ser apreciada en los ámbitos de la economía, la ciencia, la tecnología, el deporte o la política y, sin embargo, a veces metemos innecesarias morcillas, sobre todo en inglés, cuando quedaría más claro expresarnos en nuestra lengua. Si don Miguel de Cervantes levantase la cabeza y oyese hablar ahora a la gente de los negocios, el teatro, el deporte, la escuela…, no entendería por qué mezclamos las palabras que él puso en boca de don Quijote y Sancho con otras de la lengua inglesa, esa a la que Thomas Shelton tradujo la primera parte de su obra. He realizado un ilusorio viaje por España con el ingenioso hidalgo don Alonso Quijano y doy fe de la zozobra que le produjo no entender lo que dicen o escriben ahora los magos, abades, caballeros, sacristanes, comediantes, curanderos y bufones. En el corral de comedias no supo dónde ir cuando le indicaron que pasase al backstage. En un acto político del alcaide de la villa y corte no acertó a saber lo que habían escrito detrás de las autoridades, No amnesty for terrorism. Prefería, me dijo, a los regidores de mi tiempo cuando porfiaban por ver quién rebuznaba mejor. En Barcelona, de mal recuerdo para él porque en la Barceloneta le derrotó en duelo el caballero de la Blanca Luna, malcasó las letras de lo que ponía en la pared y solo entendió una palabra. El cartel rezaba BWW Barcelona wine week The Spanish wine event.
Seguimos una tarde a un gentío que era conducido a unas justas desde un aprisco que llaman fan zone. No logró descifrar lo que decía un letrero Unique in the world Athletic de Bilbao. Vimos otro lugar de torneos y juegos que se llama Stage Front Stadium y tropezamos en la aventura con muchas expresiones que no entendió. Entre otras, summer camp, sit-ins, bussiness, win win, after hours, hub, call center, coworking, prime time, show, foodtruck, science fair, final four, foodie, show room, golden visa, the place to grow, speed dating, kiss and go… En una venta nos dieron un talego que ponía all you need is food con lo que sobró de las perdices de la comida. Aturdido y al borde del patatús don Quijote regresó a 1605 para dar cuenta a su creador de todo lo que había visto y oído sin entender.
Me duele especialmente el abuso del inglés en los medios de comunicación porque los periodistas deberíamos ser adalides en la defensa del idioma, que es nuestra herramienta de trabajo, y me enerva cada vez que leo que la Asociación de la Prensa convoca en Madrid un curso en social media strategist para enseñar a los periodistas a desempeñar la labor diaria de un community manager, con lo fácil que sería decir curso de “estratega de redes sociales” y “administrador de la comunidad”, si es que de estas cosas se deben encargar los periodistas, que tengo yo mis dudas.
Nuestra lengua es la cuarta más hablada del mundo (detrás del inglés, el mandarín y el nindi), es idioma de referencia en la cultura, las relaciones internacionales y los negocios, con 600 millones de usuarios, que tienen una capacidad de compra de cerca del 10% de PIB mundial.
Un tesoro que hay que cuidar y limpiar de adherencias innecesarias. Si nos lo proponemos, se puede conseguir. Tomemos ejemplo del futbol. Hace sesenta o setenta años en España los futbolistas, comentaristas y aficionados decían -como suena castellanizado del inglés- “fault, orsay, córner, penalti…”, términos que, aunque los ha admitido la RAE, hemos sustituido por falta, fuera de juego, saque de esquina y pena máxima. No arraigó el nombre del deporte, balompié, porque el mundo entero, menos EE.UU., lo conoce como football. No siempre se puede ganar por goleada.
