tribuna

Doctor Jekill y míster Hyde

Dice Robert Louis Stevenson en su Dr. Jekill y Mr. Hyde que los hombres tienen una doble naturaleza, perversa y bondadosa, con una tendencia alternante al crimen y al amor. También Ítalo Calvino plantea que esa dualidad se presenta en el vizconde demediado, donde el alma mala se ha aposentado en la mitad del cuerpo que le ha dejado un cañonazo. Nada de esto es así. La psiquiatría no admite que el crimen tenga que ver con esto sino con pasiones bajas como la envidia, los celos, el odio, etc. A pesar de ello, hay quien se sigue empeñando en dividir a la sociedad en dos mitades: una mala, capaz de asesinar a la otra, y una buena, depositaria del victimismo de su situación desafortunada. Ambas siempre encontrarán una razón para sacudirse el yugo de la contraria. Una siempre estará equivocada y la otra poseerá el monopolio de la verdad. Ninguna de las dos pertenece a un patrón que represente a la realidad. Las dos son igualmente falsas. Afortunadamente, solo es una minoría la que se decide por estas cuestiones, pero es una minoría majadera que pretende dirigir al mundo de acuerdo con sus convicciones, ignorando que existe una gran masa de individuos que se comportan de forma diferente a cómo ellos lo hacen. En ocasiones, estas divisiones intentan afectar a sociedades completas, aunque solo sea una apariencia que incluyan a todos los individuos, pero, en casos excepcionales, estas mismas sociedades superan esas divisiones y encuentran un camino para el entendimiento y la concordia. Por estas fases pasó nuestro país, España, desembocando en un texto que diera satisfacción a todos los desacuerdos y que se llamó Constitución de 1978. No obstante, esto no duró demasiado tiempo y regresamos al doctor Jekill y al señor Hyde, o al alma demediada del vizconde Medardo de Terralba. Así parece que nos gusta más vivir, aunque de ello no saquemos provecho. Al final, estos intentos divisorios demuestran el alejamiento de las llamadas élites políticas del sentir real de los ciudadanos. En 1978, el pueblo votó por una mayoría apabullante el texto constitucional. En Cataluña, lo hicieron el 90 %, quién lo iba a decir unos años más tarde. Estas unanimidades empezaron a desmontarse a partir del Gobierno de Zapatero, pero sigue siendo un divorcio aparente. No somos el doctor Jekill y míster Hyde. Somos algo más que eso. La demostración está en la reacción espontánea de los ciudadanos voluntarios que han ido a ayudar al pueblo valenciano, ajenos a la polémica montada por sus señorías políticas y por los medios de comunicación sobre quién es el bueno y quién el malo, la parte demediada del vizconde Medardo, o el alma partida en dos del doctor Jekill, transformado en el perverso señor Hyde por medio de un experimento truculento. El pueblo salva al pueblo es la demostración de que existe un alma limpia y común dispuesta a poner en pie los principios de solidaridad, de colaboración y amor que le son naturales. Menos mal que ahí están los reyes para alinearse con el símbolo de unidad que somos, a pesar de que algunos les quemen las fotos y los ahorquen en las plazas de manera simbólica. Esto, entre otras cosas, también es España.