tribuna

Un falso Macondo

A La Laguna se la suele confundir con Macondo. No sé si esto es bueno o malo. Los que lo hacen toman a ese modelo como una muestra de la originalidad sorprendente del realismo mágico, pero esta rareza sólo sirve para aislarla de una realidad práctica y capitalina y así hacerla parecer más obsoleta. Ese Macondo profundo no es el marco adecuado para retratar a una ciudad pujante que lucha por buscarse un sitio y lo consigue, a pesar de las presiones sufridas para su deterioro y aislamiento. En cualquier caso, es preferible ser objeto de una rememoración literaria que no serlo de ninguna. Sin embargo, lo de Macondo yo no lo veo; entre otras cosas porque la memoria va más allá del tiempo en que a Gabo se le ocurriera contarnos la historia de los Buendía. Cada uno es libre de emparentarla con el libro que ha leído y aprovechar el fenómeno del boom para arrimar el ascua a la sardina de lo llamativamente insólito. A mí, qué quieren que les diga, acostumbrado a las procesiones, a los quinarios, triduos y novenarios de las parroquias, me recuerda más a la Oleza de Gabriel Miró, con largas filas de monaguillos vestidos con sotanas rojas y roquetes blanquísimos con las puñetas caladas con bolillos finos. La Laguna me olía al perfume salido del balanceo de los incensarios. Cada mañana veía desfilar por La Carrera a los seminaristas que venían a la misa mayor de la catedral. Cada mañana oía, a las nueve menos cuarto, el tintín de la campana pequeña avisando a misa, y a mí se me escapaban los minutos para llegar a tiempo a la primera clase del instituto. Entraba en un claustro lleno de plantas y allí me esperaban don Jacinto Alzola, don Mariano de Cossío, don Leoncio Afonso, doña María Gabriela de Corcuera, don Luis García, don Enrique Báster, don Ramón Rojas y doña Mercedes Machado. Ninguno de ellos me recordaba a Macondo porque Macondo todavía no había sido inventado por nadie. A Oleza sí. Seguramente porque en casa tenía los libros que le gustaba leer a mi padre. Del vivir, Corpus, El libro de Sigüenza, El obispo leproso, y otros. Todos de Miró, al que llamaron el Proust español. Los tres relojes de La Laguna, cada uno en su torre, no se ponían de acuerdo y la ciudad vivía con tres horas distintas. Así es como yo la recuerdo, respetando, cómo no, el que otros tengan de sus calles, de sus amigos y de sus anécdotas. Siempre hay alguien que me dice: “Por qué no escribes de La Laguna”, y yo contesto que porque cada uno está esperando que lo haga de lo que quiere escuchar. Siempre nos identificamos con aquello que ya sabemos. Es el camino más fácil. Lo de Macondo se me vino al suelo cuando Sarasola me contó que en Aracataca, donde había vivido y se había casado, las cosas eran iguales a como las contaban en Cien años de soledad. Entonces me pareció que García Márquez no estaba inmortalizando a la ciudad sino a su novela, que es una cosa bien distinta. Ahora también pienso que esa La Laguna que tanto me recordaba a Oleza no era Oleza. Era y es una ciudad rica y sugestiva, a la que muchos se empeñan en adjudicar una leyenda que no existe, contada en las esquinas por falsos actores. El secreto está en saber descubrir y compaginar todas estas cosas.

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