He vivido en algunas ciudades donde la bicicleta es el transporte urbano por excelencia. Lo vi en Oslo; también en Londres y fundamentalmente en Copenhague. Allí, desde muy pronto, los padres enseñan a sus hijos a conducir y a valerse de ese vehículo particular, singular. Tal cosa fue lo que me conmovió cuando accedí a dar clase en la Facultad de Letras de su universidad: el patio de entrada a las dependencias y las aulas atestadas de cientos de bicicletas, apiñadas. Se debe el caso a que el decano de esa época, un ser inteligente y sabio, accedía a su trabajo no con un coche oficial, como fuera menester por estos lares, sino con su bici. Y es que una cosa sentencia a esos ciudadanos daneses: el transporte público es el modo dilecto de desplazamiento y, por eso, para moverse por las calles en donde viven, la bicicleta es esencial.
De manera que en torno a ese artefacto pueden superponerse centenares de conjeturas: bueno, precio, rendimiento, accesorios sofisticados… Pero a mí lo que me producía un asombro capital, al tiempo que una inquietud apabullante, eran las bicicletas abandonadas. Cuando distinguía que un vehículo hacía ya tiempo que se encontraba sin dueño en el mismo lugar, tanto que el deterioro era evidente, se expandían en mi celebro los siniestros motivos del porqué. En todos los casos, los dueños salieron de sus casas a las calles, aparcaron en la zona elegida, amarraron la rueda con cadena y candado para evitar robo y no hicieron el camino de vuelta.
¿En todos los casos, que son muchos, murieron en el trayecto, fueron asesinados sin que se sepa por qué o decidieron que ya era hora de cambiar de montura y dejaron la primitiva donde la hubieron de dejar para que nadie la tocara, ni los agentes del ayuntamiento ni los del Estado? Esa es la conmoción que te produce un hecho así. Como me lo produjo otro accidente anómalo. Estaba en la capital de Alemania, en la zona universitaria porque mi hijo estudió allí y alguna vez lo visitamos su padre y su madre. Una mañana, cuando me disponía a pasear por los alrededores, ocurrió lo que mi amigo Rafael Arozarena expuso en su extraordinario libro El ómnibus pintado con cerezas, esa salida suya de la isla hacia el continente para confirmar. El mismo lugar, la misma situación. “Quien llore un zapato perdido y siempre contemplado”, escribió Rafael. Y yo me conmoví cuando salí de mi casa y lo divisé: un solo zapato en el suelo, a pocos metros de la entrada del edificio. Uno, me repetí. ¿Y el otro? ¿Hizo juegos el propietario por la ciudad, uno aquí y otro allá? ¿O las pérdidas (se supone que del objeto y de sí mismo) son impares? ¿Moría el sujeto y penosamente se desprendió del zapato para expirar mucho más allá junto a su par? Contemplar lo inconcluso, lo extraño y hasta lo misterioso: un zapato abandonado en Berlín.
