tribuna

Lantánidos y actínidos

Quién le iba a decir a las tierras raras, aquella cola de cometa que le salía a la tabla periódica, que iban a ser claves para las nuevas tecnologías? Nos las aprendíamos de memoria, como una letanía. Después de sabernos los alcalinos, los halógenos y hasta los gases nobles, nos metíamos de lleno en las familias del Lantano y el Actinio, con nombres extraños que no nos sonaban a nada, así hasta diecisiete. Pues ahora todos se pelean por eso, porque son raras y porque, de una tonelada de mineral, lo normal es sacar unos gramos y, en ocasiones, varios kilos. No están repartidas por el mundo de manera uniforme. Abundan en China y esto hace temblar al mundo económico al tratarse de una materia prima fundamental. Parece que hay en Fuerteventura y hace poco se decía que también se encontraban en nuestros fondos marinos, pero su extracción, por el momento, es muy costosa y no le interesa a nadie. Todo esto es noticia porque Donald Trump está dispuesto a hacer un negocio con Zelenski debido a que en Ucrania tienen de estas cosas. Le ofrece medio billón de dólares. Los yacimientos más importantes se ubican en los territorios ocupados por Rusia. En Groenlandia, también hay y esto explica muchas cosas, más allá del hábitat de los inuit.

Dentro de unos años, estaremos de lleno en la era que predice Harari en su Homo Deus, y se inventará un fracking para extraerlas de cualquier mineral y será un acto normal tenerlas o no tenerlas, mientras la humanidad se pone en manos de la Inteligencia Artificial. Todo ello con el permiso de los activistas del cambio climático que acaban de descubrir unas fugas de metano en la Antártida. En este mundo misterioso donde estamos desembarcando, ya no se sostiene el discurso ideológico entre izquierdas y derechas, porque lo importante será distinguir entre actínidos y lantánidos, desempolvando aquella vieja tabla de Mendelêyev que dejaba los huecos previstos para los elementos que iban a ser descubiertos con posterioridad. Uno de ellos lleva su nombre: mendelevio. Dicen que para 2030, que está a la vuelta de la esquina (tres años después de que Pedro Sánchez gane las elecciones de 2027), la Inteligencia Artificial será autónoma y será capaz de pensar por sí misma. No sé si alguien escribirá la epopeya de 2001, de Arthur C. Clarke, y saldrá un astronauta Bowman que desconectará a HALL 9000 mientras canta Daisy, Daisy, haciéndose el bueno. No lo creo, porque lo de Clarke era una novela y esto es una realidad. ¿Qué pasará entonces? ¿Se cumplirá la promesa del Übermensch, de Nietzsche? ¿En qué se convertirán los valores que ahora defendemos con tanto ahínco? ¿Merecerá la pena tanto esfuerzo por defender el argumentario, como si fuera el pan nuestro de cada día, dánosle hoy? El poder estará en manos de los automatismos y de sus amos, y los desarraigados seguirán añorando protegerse bajo la bandera de un Espartaco que los lleve otra vez al fracaso en su intento de destruir el imperio.

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