tribuna

De tapadillo

Dice Estefanía Molina que el bipartidismo actúa de tapadillo en nuestro país. Significa que existe una posición vergonzante a la hora de mostrar lo que somos o lo que deseamos realmente. De nuevo recurro a Cervantes, tan grande siempre, y a su Retablo de las Maravillas, para explicar eso que aparentamos ser cuando no queremos que se nos tilde de carcas, de fachas o de ultras. Es cierto que procuramos hacerlo todo detrás de la cortina, temiendo que alguien nos señale con el dedo acusándonos de ser poco progresistas. Esta es la razón por la que el presidente del Gobierno no quiere exponerse a un debate parlamentario, guardándose en la recámara la garantía de que esa mayoría bipartidista que reflejan las urnas con tozudez contundente va a actuar con responsabilidad para salvar las cuestiones fundamentales.

Es curioso que hoy, en El País, junto a esta columna, aparezca un escrito recordando a Santos Juliá. Santos Juliá fue un historiador independiente, libre de cualquier carga ideológica, como toda esa izquierda de juventud que conquista la objetividad en la madurez. Su libro sobre la Transición mantiene la tesis de que ésta comienza antes de la Guerra Civil, como un intento desesperado de hacer entenderse a las dos Españas que aún no ha sido superado. Por eso dice Estefanía Molina que los acercamientos hay que hacerlos de tapadillo, sin desprendernos de la apariencia permanente de llevarnos mal. La Transición ya estaba en los esfuerzos de Manuel Azaña por reconciliar a unas minorías irreconciliables que han pretendido asumir el protagonismo de los desentendimientos. La Transición ya estaba en la reunión de Munich, de 1962, en Ruiz Jiménez, en Dionisio Ridruejo y en tantos otros españoles que apostaban por el diálogo frente a la divergencia. En Munich estuvo Salvador de Madariaga junto con lo más granado de la oposición al franquismo desde un espíritu constructivo, intelectualmente constructivo. Todas estas cosas, según Santos Juliá, estaban larvando lo que vendría en 1978.

En paralelo a este impulso, ha convivido una tendencia a la división y al enfrentamiento que parece dar alguna rentabilidad política a quienes lo practican. Estamos ante el resurgimiento de las dos Españas, pero con la salvedad de que las mayorías no están por la labor. Esta es la razón por la que se dice que el bipartidismo actúa de tapadillo, porque no se puede mostrar abiertamente dentro de lo que hemos dado en llamar lo políticamente correcto. Esto es lo que hay, viviendo con la moderación detrás del biombo, a escondidas, por si acaso se nos acuse de ser incoherentes.