tribuna

El ratón y el mamut

Por Rafael Torres.| Un grupo de científicos seguramente ociosos a sueldo de una empresa se ha propuesto resucitar al mamut, y a tal efecto y como primer paso, han presentado en sociedad a unos ratones que se parecen a Espinete en pequeño. Esos pobres roedores, a los que se les han desactivado no sé cuántos genes y se les han activado otros tantos, presentan un pelaje absurdo que, al decir de sus creadores, es, talmente, como el del mamut, y tirando de ese hilo, de esa pelambre, están convencidos de hallarse en el buen camino para “desextinguir” al lanudo antepasado de los elefantes, a los que, por cierto, habrá que ir pensando en desextinguirlos también, pues los exterminadores de proboscídeos tipo Juan Carlos, “El emérito”, no están dejando uno vivo. Ahora bien; ¿qué necesidad hay de resucitar al tórpido y simpático mamut? Necesidad no hay ninguna, y de ahí la inicial presunción de ociosos de los investigadores de la empresa Colossal Biosciences que han creado esos ratones con peluca, como si no hubiera cosas mucho más importantes que investigar y crear, algún remedio para las desatendidas enfermedades raras, sin ir más lejos. Necesidad, ninguna; necedad, bastante, tanta como ganas pueriles de jugar a ser dios, y de atormentar a inocentes ratoncillos. Pero la cuestión no radica sólo en que no hay necesidad alguna de resucitar al mamut, sino que hacerlo sería condenarle a una reencarnación peor: el mamut era libre, hacía su vida sin otra preocupación que evitar malos encuentros con los humanos de su tiempo, en tanto que si le regresaran sería carne de zoológico, de parque de atracciones o de granja intensiva para que los ricos comieran mamut, esto es, de presidio, y llevaría una segunda vida tan arrastrada que no sería vida.