tribuna

Maderas de Oriente

John Carlin se ha ido de viaje a la India y ha descubierto que es un país que no se parece a ninguno. Dice que van a lo suyo y que no le prestan atención a lo que suceda en otros lugares. Desde que se emanciparon del imperio británico, es así. Tengo la impresión de que esto no ocurre solamente ahí, que ese desinterés y ese desentendimiento es común en distintas partes del mundo. Por ejemplo, en los Estados Unidos. Nunca le hemos importado nada a pesar de que no lo parezca, y esto no es sólo en la época de Donald Trump. Yo le leía a mi padre los libros de Pierre Loti, y especialmente uno dedicado a la India y otro, Peregrino en Angkor, donde hablaba de templos orientales; algo que luego me encontré en El mono gramático, de Octavio Paz. En el viaje de Phileas Fogg, que cuenta Julio Verne en La vuelta al mundo en 80 días, Picaporte salva a una mujer que va a ser quemada con su marido difunto en la ceremonia del Sati. Cuando se escribe la novela, ya hay una norma inglesa que prohíbe esa ceremonia, que sigue en vigor después de algunas actualizaciones. Sin embargo, se han detectado celebraciones fúnebres de este tipo hace muy pocos años. Esto quiere decir que ese país se aferra a sus tradiciones resistiéndose a la globalización allí donde hay un gran desarrollo de las tecnologías digitales y de las matemáticas. Cosa rara ésta. En los 60, tuve contacto con excursiones de jóvenes universitarios norteamericanos que venían a mi colegio mayor, en Barcelona. Ahí empecé a darme cuenta de que ignoraban todo de España y que no les interesaba, porque en su universo continental tenían todas las respuestas a lo que necesitaban. O sea, que nada de esto es nuevo. Puede ser que tuvieran curiosidad por el baile flamenco y que conocieran al Cordobés, uno de los personajes españoles más universales en su tiempo, pero del resto nada. Luego, en Madrid, traté a otros grupos que venían a cursos de verano y la situación era la misma. Algunos de Nuevo Méjico nos emparentaban con el exotismo de lo latino, en la forma que tenían de entender la latinidad. El espejismo europeo no les interesaba demasiado. Ya se había quedado atrás lo del fantasma de Canterville, que viajó a América entre las piedras de un castillo, en el relato de Óscar Wilde. América nos mandó las ideas de la democracia liberal y Francia le devolvió el favor regalándole la estatua de la Libertad a la ciudad de Nueva York. Así se ha construido el mundo moderno, el ejemplo de una civilización occidental que hoy está en decadencia, según nos cuenta Oswald Spengler. Estas cosas no ocurren de un día para otro, así que de sorpresas, las mínimas. ¿Y qué pasa con los chinos? Leo novelas de escritores chinos para tratar de adivinar lo que pasa allí dentro y descubro una organización social sorprendente. Controlan mejor la población y ahora los indios se han puesto por delante. John Carlin ha regresado de un viaje que ha hecho y viene sorprendido. A mí no me asusta. En la Alemania de Weimar, se creó la escuela Bauhaus, en la ciudad donde estaba la biblioteca de Goethe, la significación de la cultura moderna, la enseña del racionalismo. Estaba llena de teósofos que seguían a Krishnamurti, un santón hindú introducido en nuestro mundo occidental por Helena Petrovna Blavatsky, que era rusa. Nada hay nuevo bajo el sol. En aquellos años, en Estados Unidos imperaba la ley seca y Al Capone se hacía de oro. Más tarde se dedicaron a la caza de brujas.