tribuna

El adiós de Vargas Llosa, doblemente huérfanos

Una vez ausentes para siempre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, ahora sí que estamos huérfanos de verdad. Y los dos amigos desencontrados hallarán en otro plano el modo de arreglar sus famosas diferencias y hacer las paces.

En Lima, la Casa O´Higgins es un lugar lleno de musas, cerca de la Plaza de Armas, en el Jirón de la Unión. En 2006, Vargas llosa -que acaba de fallecer a los 89 años- dio un puñetazo en el atril y dijo: “No estoy muerto”. Estaba feliz por la exposición que le dedicaban en la casona colonial del centro histórico de la capital de Perú, su país. Pero, entre bromas, acababa de decir que era una muestra exhaustiva de su vida y obra que sólo se hacía “a los muertos”. Y él se sentía entonces, a falta de cuatro años para obtener el Nobel, lleno de proyectos y ganas de viajar y vivir.

Había hecho un viaje de regreso a la literatura tras perder las elecciones de 1990 frente al futuro dictador Fujimori y ya no volvería a pisar la política.

“¿Por qué no escribe de Fujimori y Vladimiro Montesinos (el de los infames vladivídeos con los sobornos a políticos y empresarios) ahora que el tema está caliente?”, le pregunté en Los Cristianos, cuando recibió el Premio Son Latinos en 2001, al año siguiente de su novela La fiesta del Chivo, quizá la mejor de todas las suyas junto a Conversación en la Catedral y La ciudad y los perros.

“Necesitaría dejar pasar unos años para poder escribir sobre acontecimientos que me tocan muy de cerca”, me dijo. Eran las miserias de su país y del personaje que salió de aquellas elecciones que él perdió. Mi hermano Martín Rivero, que codirigía el festival junto a Leopoldo Mansito, sentía devoción por el escritor peruano. Durante la cena con él y Patricia -su prima y esposa-, Juan Cruz y nosotros dos no paramos de hablar con entusiasmo de La fiesta del Chivo, porque se palpaba en el ambiente que algo iba a suceder (era nada menos que el Nobel lo que venía caminando). Vargas Llosa, antifidelista, fue respetuoso con nuestros lazos con Cuba y Castro. No se mencionó a García Márquez.

Pero en la entrevista que le hice, poco después, en Santa Cruz sí le pregunté por el colombiano. Y, pese a la amistad malherida con el autor de Cien años de soledad, conservaba intactos el afecto y la admiración hacia el viejo amigo distante. Le había dedicado su tesis doctoral, García Márquez: historia de un deicidio. En febrero de 1976 -ya va para medio siglo- se produjo el otro deicidio, la trompada de Vargas Llosa a Gabo, en México, que, según me relató Elena Poniatowska, terminó con ella consolando a García Márquez, casi en cuclillas, dolido del golpe en un ojo.

De todas las historias, la que realmente marcó a Vargas Llosa fue la conflictiva relación con su padre, que ocupa las páginas más tensas de un libro de memorias, El pez en el agua. En la entrevista de Santa Cruz hablamos de ello largo y tendido. De cuando dejó de ser feliz el día que su padre reapareció. Me contó el odio que sentía hacia Ernesto Vargas Maldonado, operador de radio, su padre, a quien lo que más incomodaba era su vocación literaria. Me impresionaba ver cómo aquel hombre, con una edad ya provecta, seguía desahogándose como un niño contra el diablo de un padre aborrecible muy conservador. El sentimiento opuesto al que profesaba a Dora Llosa Ureta, su madre, que le había hecho creer durante toda la infancia que su padre había muerto. Se habían separado en el quinto mes de embarazo.

Esa fue la causa motriz del camarada Alberto, su apodo comunista, y del escritor que llegó a ser Nobel. En el colegio militar, donde le pretendían a arrancar la literatura de las venas, acabó escribiendo cartas de amor a las novias de sus compañeros. El amor le puso en brazos de la prosa cuando se enamoró de Julia Urquidi, trasunto de su novela La tía Julia y el escribidor, y cuando se divorció por amor a su prima hermana Patricia Llosa, sobrina materna de Julia. El día de su sonora ruptura con Isabel Preysler, Vargas Llosa regresó a ese hogar perdurable del círculo de Patricia y los hijos, donde reposó tras su despedida literaria con Le dedico mi silencio, preludio de este adiós.

En las paredes de la Casa O’Higgins, donde hace casi 20 años Vargas Llosa reivindicaba con verdadero ahínco su vitalidad, pude recorrer toda esa vida aquí contada a vuelapluma, la literaria y la sentimental. Cortázar, en una carta, le pedía consejo sobre Rayuela antes de publicarla. Y Varguitas, su apodo familiar, desvelaba allí algunos de sus primeros escarceos poéticos, antes de hacerse novelista.

Abrió los ojos, cuando se lo dije en Santa Cruz, como si le dieran vergüenza aquellos versos juveniles:

-“¡Es que yo me consideraba un poeta muy malo!”