porqué no me callo

El gran apagón

El Armagedón eléctrico era una pesadilla que rondaba la cabeza de algunos gobernantes europeos. El cero energético de ayer en España y Portugal, y en algunos otros países del continente, recuerda a una profecía austríaca que parecía extemporánea, allá por 2021, y que ahora resuena en quienes la recordamos, como si, en lugar de un cisne negro -un fenómeno improbable-, estuviéramos ante un rinoceronte gris -un evento previsible pero ignorado-.
Cuando algunos teléfonos móviles en Tenerife comenzaron a fallar ayer tarde, se podía pensar en el efecto psicosomático del aparato en cuestión o en la psicosis de las casualidades, pero nada hacía imposible que, aunque los sistemas eléctricos insulares estén aislados del peninsular, los efectos del corte eléctrico masivo acabaran manifestándose también aquí.


¿Un ciberataque? ¿Un suceso natural por la propia obsolescencia de las infraestructuras eléctricas españolas, portuguesas y europeas, que, tarde o temprano, tenía que producirse? Si fuera lo primero, en sintonía con un mundo sumido en el caos, no tendría nada de particular. El lector, como yo, tiene en la mente dos, tres países candidatos a perpetrar ciberataques de esta naturaleza, y por motivos claramente detectables. Lo cual -ojo-, en el marco de estos días, tendría la gravedad extra de inscribirse en un contexto de rebumbio geoestratégico.


Nada de ese cariz sería ajeno a las contiendas que asolan parte del mundo en las que España está inmersa como aliado o país crítico. Seguimos en la ruleta de los conflictos familiares que todo el mundo tiene en mente y, repito, si la cosa es generada por un país tercero, estaríamos hablando -con inevitable exageración- de una declaración de guerra. Los ciberataques ataques son, y más en las actuales circunstancias. Pero este es un extremo por dilucidar -nunca por descartar-, pues nada apunta decididamente, por ahora, en esa dirección.


El Consejo de Seguridad Nacional convocado de manera extraordinaria por Sánchez a primera hora de la tarde de ayer y los gabinetes de crisis de distintas comunidades afectadas centraron su mirada en resolver el impacto en la vida de la gente de la mayor crisis eléctrica de la historia reciente. Los colapsos de circulación, los semáforos ciegos, el tráfico rodado autorregulado a ojo de buen cubero y el de peatones saltando entre coches a la buena de Dios. Los rescates de los ascensores, los móviles silenciados y los wasaps a cuentagotas. Y los chinos salvando la vida a clientes con el alma en la boca demandando velas, transistores, pilas, lo que sea, en otro kit de supervivencia ajeno al que Bruselas sugirió hace días frente al ruso. O quién sabe si no tan ajeno, si todas las sospechan acaban yendo a parar al mismo sitio.


¿Qué fue lo que pasó en 2021, en Austria, de qué profecía se trata para traerla ahora a colación? Fue la ministra de Defensa, Klaudia Tanner, la que, de modo sorprendente, compareció en rueda de prensa para alertar a Europa de la posibilidad de un gran apagón en el plazo de cinco años. Y lo clavó. En esas estamos.


Según la ministra austríaca, había que preparar a la población para un escenario (como este) en el que nos quedaríamos sin electricidad, sin telecomunicaciones, sin transportes públicos (trenes, aviones…). Y citó informes de seguridad asegurando que esa era la principal amenaza en ciernes tras la pandemia de coronavirus.


La ministra no se había vuelto loca. El blackout (apagón), afirmaba, era el riesgo estratégico más grave después de la crisis sanitaria de 2020, que paralizó la economía, amén de los muertos y enfermos causados por el virus. Todo se reducía a un cálculo preventivo sólido en base al estado de vulnerabilidad de los sistemas energéticos de Austria -que ese año en enero sufrió un fallo eléctrico generalizado- y de toda Europa.


La pandemia había obligado a un consumo excesivo de electricidad, mientras el mantenimiento de las infraestructuras críticas se resintió. Algunos sabotajes habían puesto de manifiesto la fragilidad de las redes eléctricas europeas. El cierre de centrales nucleares y plantas de carbón mermaron la generación de energía. Y a la mínima, un apagón en un país afectaría al resto por el grado de interconexión de los sistemas en toda la UE, según las previsiones que había, precisamente, para 2025.


Ayer fue la consumación de ese presagio del oráculo de Austria hace cuatro años. Lo que ilustra que este mundo ya tiene motivos para creer en la astrología de la estrategia y, por ende, quién sabe si para tomarse al pie de la letra otras profecías que hablan de guerras futuras. Lo cual no hace sino abundar en la locura sistémica de nuestra época.