El problema de la vivienda no es que haya okupas ni fondos buitre, ni bancos, ni grandes tenedores, ni turistas. El problema de la vivienda es que no se construyen viviendas, que existe una inacción por parte del sector público y una tendencia a la congelación de las ofertas de suelo, después de una larga, larguísima campaña de sospecha sobre el urbanismo y el sector inmobiliario, al que se le acusa de especulativo. Se trata de un asunto de carácter ideológico que más tiene que ver con la exigencia exagerada de las agendas globales y la expansión de una corriente proteccionista que arrasa con cualquier iniciativa tendente a cubrir las necesidades más perentorias. Existe una contradicción entre el deseo de privatización versus la realidad constitucional que nos obliga a vivir en una sociedad de libre mercado. El urbanismo, quieran o no le otorga un carácter eminentemente privado a la gestión, pero esta gestión está encorsetada por la planificación y por la labor de policía administrativa, necesarias en cualquier caso. Es de sobra conocido el activismo que se desarrolla en torno a estas cuestiones, y la sensibilidad de algunas administraciones para darle respuesta en lo que ha llegado a convertirse en un comportamiento ético mal interpretado. Esto ha provocado, con el paso de los años, un agarrotamiento contagioso sobre los instrumentos públicos del control de la gestión privada que ahuyentan a los promotores debido a las amenazas de inseguridad jurídica. No puede ser que cualquier iniciativa acabe en los tribunales, demorando la realización de los escasos proyectos que se atreven a iniciar su tramitación. Como ejemplo, cabe recordar el tiempo que lleva bloqueado el plan Chamartín, en Madrid. El problema de la vivienda es eminentemente ideológico. No me cansaré de repetirlo. Lo demás son excusas. Mientras tanto las calles se llenan de gente que cree que la responsabilidad está en otro lugar. Ni es así ni se resuelve de inmediatamente, pero algún día habría que empezar a ponerle remedio. Por el momento, ese día no ha llegado ni se espera que lo haga pronto. Algunos lo arreglan diciendo que somos muchos. Es otra forma de discriminación. Afirmar eso implica señalar a quienes sobran, corriendo el riesgo de convertirse en un nuevo tipo de discriminación. Si no hay viviendas para todos no es culpa de la escasez de viviendas sino de la superabundancia en el conjunto de los demandantes. Es decir, se trata de un problema poblacional. Esto lo podríamos plantear también con el pan, o con cualquiera otra de las exigencias mínimas para la vida. Lo planteó Adam Smith en su época, en su libro “Sobre la libertad”. Algunos confunden los argumentos y lo llaman los brotes del neoliberalismo, pero lo cierto es que la demanda crece al doble que la oferta y nadie se atreve a ponerle remedio. Todo lo contrario. Lo que se les ocurre es establecer nuevos límites y nuevas barreras.
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