En una larga excursión por América recalamos en Uruguay con Los Sabandeños, hace cuarenta años, camino de Cosquín. Estaba recién indultado José Pepe Mujica, el guerrillero que iba a hacerse célebre en todo el mundo, y la dictadura militar acababa de ceder el mando a la democracia. Hubo un tiempo, en aquel siglo XX, que América Latina era un hervidero de golpes de Estado y regímenes autoritarios.
Montevideo, la capital uruguaya, había sido fundada por canarios en el siglo XVIII. En esos años americanistas, Los Sabandeños cantaban al prócer de la independencia uruguaya José Gervasio Artigas, de abuela tinerfeña (folía y candombe): “Ven, Artigas, ven, Artigas, /nieto de una lagunera. /También Canarias te espera, /patria tuya y de María”. Estaba reciente la lucha de Mujica y su famoso movimiento armado, y a Los Sabandeños los apodaban Los Tupamaros.
La muerte de Mujica (raspando los 90 años), pegada a la del papa argentino Francisco, pone de manifiesto que eran dos vecinos contiguos de América Latina que guardaban el paralelismo de defender a las clases bajas, devenido en un discurso marginal frente al corro de milmillonarios en la corte de Trump. Ateo, quería creer, para reencontrarse con su perra.
Mujica y Francisco tenían la misma jerigonza popular y un desacuerdo idéntico con el capitalismo que empobrece a los pobres, más débiles ahora con dos dioses muertos. El papa argentino decía que la tercera guerra mundial en pedazos ya había empezado, y el exguerrillero y expresidente uruguayo gastó sus últimos cartuchos tratando de convencer a los jóvenes de que paren este quilombo, pese a los sondeos que los sitúan en la ultraderecha.
Sentimos ya esta súbita nostalgia de Mujica por lo que decía y cómo lo decía, “con esa agüita en el repulgue de los ojos”, escribió Martín Caparrós, que le contó hasta cuatro vidas de película. “Yo no tengo la culpa si tuve una vida que es una novela”, se disculpaba el hombre que empuñó una pistola y sobrevivió a seis balazos, que se fugaba de las cárceles haciendo túneles y no juzgó por los crímenes a los militares que lo encerraron, para evitar “el hedor de la venganza”.
Lo que maravillaba a la gente de aquel uruguayo barrigudo, con bigotito y despeinado era que no sentía odio y hablaba todo el tiempo del amor, enamorado de su compañera, Lucía Topolansky, exguerrillera como él. Ponía el ejemplo de los pueblos primitivos, que una de las cosas que más temían era ser expulsados de la comunidad, por la necesidad de afecto. ¿Alguien le escuchó predicar hacerse rico? Ni hablar. Su consigna era la sobriedad, “si no, no eres libre y te vuelves loco”.
Esas cosas en su boca nos hacían recordar a uruguayos elocuentes como Benedetti o Eduardo Galeano, que usaba las estadísticas (“cada minuto mueren 15 niños por hambre”). En un documental de Saúl Alvídrez, que está por estrenarse, José Mujica y Noam Chomsky (el último mohicano intelectual de la América progresista, con 96 años, se dice pronto) celebran un têtê à têtê inolvidable, que ha salido en libro con los dos en portada a bordo del legendario Volkswagen escarabajo celeste del político uruguayo fallecido. Chomsky se desgañita en ese encuentro contra el desastre ambiental, como si estuviera hoy en Canarias manifestándose contra el modelo turístico. Y Mujica convoca a los jóvenes a darle un sentido a la vida: “¡No se dejen, muchachos, no se dejen robar la libertad! Hay que ser dueño de la propia vida, y no permitir que te la manejen con una pantalla de televisión o un teléfono celular”.
Por uno de esos fenómenos no previstos, era el político más querido del mundo, siendo muy de izquierda, porque era el filósofo estoico que todos anhelan, el dirigente que dedicó su primer discurso en el Senado a las vacas. Si se nos siguen muriendo los papafrancisco y los pepemujica, mala cosa. Todos sabían que había sido tupamaro, o terrorista, pero que perdonó, como Mandela, a los militares que lo encarcelaron en un aljibe, muerto de sed, hasta hacerle beber la orina para que se volviera loco. Allí escuchó gritar a las hormigas, pero salió cuerdo, aunque contrajo la misantropía.
Mujica decía que él no era el presidente más pobre del mundo, como lo llamaban, sino alguien austero. Donaba el 90% del salario a obras sociales y vivía con la mujer en una chacra. Al pie de una secuoya había enterrado a su perra de tres patas, Manuela, donde ahora lo han sepultado a él tras ser incinerado. “Y ya está”.
