Lo que sentencia la cuestión para nuestro caso es que vivimos en el límite. Estamos fuera del centro político que nos delimita, a 1.500 kilómetros de su costa. Se dirá que de ahí parte nuestra especialidad. Y no es del todo cierto. Parte de un hecho que no solo resulta molesto sino asimismo infausto: en un territorio que se llama España, los canarios, por nacer al mundo por el desplazamiento de Castilla allende del mar, hoy, en el siglo XXI, contamos con aduana manifiesta. Y ese extremo señala nuestra relación con el exterior. Y sucede porque es uno de los factores que da dinero a los cabildos. Por lo cual hay compañías y prestatarios que se niegan a ofrecernos productos, aunque los requiramos y los paguemos. O si pedimos un reloj a China nos lo sirven después de pagar el cargo correspondiente.
Pero esos no son los casos que más erosionan nuestro ánimo. Lo cuento: un autor de aquí publica su obra en la Península. Le envían los libros que le pertenecen por contrato (los propios, sin venta), como si los enviaran de Madrid a Cádiz. Permanecen en la aduana varias semanas a la espera de que pagues la cantidad que te asignan. Cierta vez opté por un premio allá. Me exigían un pendrive con los datos correspondientes, una biografía breve y una copia en PDF de la obra. Imposible. No podemos remitir desde aquí (como se hace de Cádiz a Madrid) un material de ese tipo, a pesar de que cuentes con detalle lo que contiene y firmes varias declaraciones juradas. Otra vez lo mismo, con un pedido nada extraordinario: la copia de la novela encuadernada. Igual problema: la aduana pretendió cobrarle al destinatario una cantidad de dinero que no venía a cuento, con lo cual no pude cumplir con ese requisito de las bases.
Así, por más que sea un ciudadano de este país me es difícil desde donde vivo (a no ser que los concursos a los que accedes se resuelvan por internet) presentarme a un certamen de allí. En este punto entonces la benigna y mesurada presidenta del Cabildo, la impar doña Rosa Dávila Mamely, se manifiesta en su altar. Vivimos el confín porque nos ganamos vivir el confín, la frontera porque nos situamos extasiados por vivir la frontera, nos distinguimos por ser África aunque no aceptemos ser África.
Pero estos adustos, tenaces, responsables y atentos políticos nos hacen recordar lo que los divinos Alonso Quesada, Agustín Espinosa o Rafael Arozarena nos transmitieron en sus obras: este mar a-isla. O lo que es lo mismo, por el tenor de semejante dispendio nos hacen constatar que no soy español por principio, sino que, miren por donde, se nos condena al encierro, es decir, isla-encierro. Eso proclama (no sé si para sí) la adorada doña Rosa Dávila.
