Se suele plantear el debate entre lo que es reprobable jurídicamente y lo que lo es políticamente. En ese aspecto se exigen responsabilidades, como si el mundo se dividiera exclusivamente en esas dos cuestiones, pero existe una tercera que es más importante que las dos anteriores y es la vertiente moral que ofrecen las cosas. El comportamiento moral no es tenido en cuenta, en una interpretación burda del principio de Maquiavelo. Todo es aceptable si consigo mis objetivos inmediatos, aunque sea pisoteando los principios de honestidad, coherencia, generosidad, solidaridad y confianza. El menos honrado en este sentido presume de limpieza, sin darse cuenta de que sus actuaciones repugnan a una gran masa social que no ha comprometido su destino con el suyo. En eso consiste algo tan burdo como la imposición del relato y hemos convertido al escenario social en la pista de un circo donde los payasos se insultan, se vituperan, se carcajean y se ridiculizan sin detenerse a pensar que están arrastrando por el suelo lo poco de credibilidad que podría quedarles. La política está llena de payasos, pero no solo porque hayan sido antes profesionales del humor, sino debido a la exhibición más vulgar de sus habilidades. No solo está Donald Trump, con sus bailes al ritmo de una actuación de Chiquito de la Calzada. También Revilla se ha convertido en un monologuista que se plagia a sí mismo, o Abel Caballero celebrando la cuenta atrás del encendido mientras otros hacen balance del apagón. En todas partes cuecen habas, y hasta el andar desarbolado del juez Peinado contrasta con las respuestas irónicas del ministro Bolaños, que se cree por encima de la Justicia, a pesar de que promete respetarla y acatarla cada día. Pero lo cierto es que el mundo no es así. El mundo no está integrado por las militancias ni se somete fácilmente a la polarización. La población bastante tiene con jugarse la vida con su trabajo, con el alquiler de su vivienda y con administrar su ocio y sus preferencias procurando que la dejen tranquila y que nadie le diga lo que tiene que hacer, lo que debe recordar y las cosas que le escandalizan o le emocionan. Mientras exista el valor de la libertad y la limpieza del pensamiento estaremos salvados. A eso es a lo que llamo moral. Lo otro sería someterse, entregarse, rendirse. Hay pueblos que lo han hecho y ahora no saben cómo salir del laberinto en que se metieron. El día que situemos a la moral por encima de lo jurídico y lo políticamente correcto empezaremos a ser libres. Mientras tanto seremos marionetas en manos de los manipuladores que mueven las cuerdas. Yo me los tropiezo a cada momento en las redes, sermoneando sus argumentarios, y siento pena al darme cuenta de cómo han entregado su albedrío a quienes los manejan a su antojo. A veces se sienten con derecho a corregirme, porque piensan que soy yo el que va por mal camino.
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