tribuna

Lo que ya no existe

En la Barcelona de los 60 el galerista René Metrás hizo varias exposiciones basadas en el pop art, una experiencia claramente norteamericana que llevó a muchos de aquellos artistas a Nueva York. El Taita, de la calle Maestre Nicolau era testigo de esta efervescencia. Allí se hizo una exposición de Emilio Machado con maniquíes dorados como homenaje a Goldfinger y al agente 007. Creo que fue en 1963. Luego una en la sala de Concejo de Ciento, con muñecas y palomas blancas y majestuosos dibujos a lápiz. Allí también descubrió Metrás a Albert Porta, un joven dibujante que se pasaba el día en la primera mesa garabateando sobre un block combinaciones increíbles. Porta era un muchacho cuando lo conocí, antes de irse a los EEUU, donde se llamó Zusch y luego Evru. El primer nombre creo que se lo puso un paciente del frenopático donde estuvo internado. Hoy se puede seguir su trayectoria artística en cualquier enciclopedia. Porta tiene cuatro años menos que yo. De mi misma edad es Antoni Muntadas, que también fue a Nueva York donde triunfó como artista multimedia. Tony era hijo de los condes de Reus, descendiente del general Prim. Estuve en la casa de sus padres, en la plaza de Urquinaona, en varias fiestas nocturnas mientras ellos dormían. Por el Taita solía ir Modest Cuixart, que era primo de Tapies y miembro del Daul al Set. En alguna ocasión coincidí con él y Luis González Robles, que era comisario de la Bienal de Venecia. Era una Barcelona que ahora se añora, según leo en algunos libros que me regala mi sobrino Julio Tous, que se encarga de mantener en forma a los jugadores del Barça. Otro asiduo era uno de los Goytisolo, que se sentaba a emborronar libretas delante de un café. También Mariá Castell Blandiura, nieto del donante de la mayor parte del Museo de Arte Moderno, del Parque de la Ciudadela, donde hoy está el Parlament de Cataluña. María tenía una colección maravillosa en su casa del Paseo de la Bonanova y allí íbamos a tocar un gran cola que le había regalado a su mujer. Una noche estuvimos con Machado, Riera y José Ramón de Lezea, un amigo de Bilbao, gran dibujante y arquitecto, que se casó con una de las Riviere, aquellas chicas encantadoras que bajaban desde San Gervasi al Sandor’s, de Calvo Sotelo. Riera sacó de la cama al pianista Antoni Cercós, Empezó con las variaciones Goldbert, de Juan Sebastián Bach, hasta que Lezea le dijo que tocara algo movidito y se levantó, pidió un taxi y se fue. Luego fuimos a Esplugas, a casa de Xavier Corberó, al que llamábamos el Gitano, por su parecido con Antonio Gades y su amistad con Marujita Díaz. Una vez en Las Palmas fuimos a verla actuar y se sentó toda la noche con nosotros. haciendo filigranas con los ojos. El Taita era un lugar increíble. Creo que estos personajes están un poco olvidados. Allí venía a jugar al ajedrez Kike Irazoqui, que hizo de Jesucristo en la Pasión de Passolini, y que vivía enfrente. Murió hace unos años. También había una empresa de fotos aéreas que tenían Enrique de Vilallonga, hermano de José Luis, y Alex Soler Roig, hermano de Pepe. De vez en cuando iba Margarit, a recordar sus tiempos de colegial del Sant Jordi, que estaba al lado. Me olvidaba del fotógrafo Ramón Riera, siempre pegado a un RAF de ginebra con coca cola. También el músico Joan Guinjoan y el poeta José Antonio González Haba, al que llamábamos Einstein, era extremeño y el premio Cervantes, Joan Margarit, le tenía un gran aprecio. No es la Barcelona de Eduardo Mendoza, pero casi. Los años 60 fueron irrepetibles en aquella ciudad que todavía no había sido bautizada como la de los prodigios.