Este mediodía he estado charlando con mis amigos en La Reineta, como todos los viernes. No es una mala costumbre. No van a salir a la luz cosas nuevas, pero sí podemos mirar a las viejas desde otro punto de vista. Repasamos la Córdoba de Abderramán II y de un personaje, Ziryab, que trajo a España costumbres novedosas desde Bagdad. Por ejemplo, cortarse el pelo y afeitarse, vestirse con ropa diferente según la estación, beber en copas de cristal en lugar de metal, y otros refinamientos como el gusto por la poesía y la música. Fue el que introdujo en España al laúd, y yo recuerdo a un sirio, amigo de Rifat, que nos dio un concierto en Arganda del Rey, en el estudio que tenía allí mi hermano José Luis. May, la hija de Rifat, bailó unas danzas árabes muy sugestivas y todos, por un momento, nos vimos trasladados a la época del Califato. Recordamos a autores del tiempo en que a la península llegaban modernidades que ahora consideramos pasadas y poco recomendables. Carmen Pino me regaló un libro sobre arquitectura del Islam en comparación con el Renacimiento, y descubrí que existe un universo común para el arte, basado principalmente en los mismos supuestos. Hice una mención a Abentofail y a su libro, El filósofo autodidacto, que fue la inspiración, muchos siglos después, para el Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. En él se establece la teoría del aprendizaje en contacto directo y exclusivo con la naturaleza, algo realmente asombroso si lo comparamos con el mundo de hoy. Hay libros que son un compendio de ese saber elemental, como el Bouvart y Pecuchet, de Gustave Flaubert, o Los años de aprendizaje de Wilhem Meister, de Goethe. Los alemanes llaman a esto lehrjahre. Shopenhauer decía que era una de las mejores novelas que se habían escrito. Trata de un joven que es iniciado en el mundo del teatro por medio del diálogo con unas marionetas. La Literatura nos lleva por caminos sorprendentes que no se agotan a pesar del transcurso del tiempo. Hoy no es frecuente hablar de Goethe. Llevamos demasiado tiempo escribiendo historias sobre la Guerra Civil. También comentamos algo de Sábato y de sus narraciones sobre las guerras de independencia en La Argentina, donde los indiecitos estaban apostados en lo alto de las quebradas para ver cómo se peleaban los criollos entre ellos: los realistas y los liberales. A mí se me ocurrió nombrar a Juan de Grijalba, un marino de la colonización que se dedicó a bojar las costas del nuevo continente. Urioste, que es boliviano, mencionó a Evo Morales, que quiere regresar a La Paz, pero no lo dejan. Mi hijo acaba de viajar a Cuba y dice que el panorama es desastroso. Lo peor es que el presidente Díaz Canel parece no existir, oculto detrás de un biombo, como el Mago de Oz. No sé qué es peor, si el intento de anonimato o la excesiva presencia, acompañada de argumentarios y consignas. Me ha dicho que va a ser muy difícil salir de aquello, que es una sociedad gobernada por el miedo y el conformismo ante la desgracia, el reconocimiento de que se puede vivir sin deseos y, por tanto, sin felicidad como si estuviéramos en un limbo del que nunca nos vamos a evadir. De todas estas cosas hablamos. Yo me tomé dos cafés. El primero ya estaba en la mesa cuando entré. Los camareros me vieron bajar del coche. No sé lo que piensan de nosotros. Pizarro dice que uno de ellos fue alumno suyo.
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