Hoy hace cuarenta años que España firmó el acta de adhesión a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE), ahora Unión Europea (UE), un acontecimiento histórico que marca, con la rúbrica de Felipe González, la fecha en la que casi diez años después de la muerte de Franco nos quitamos el Spain is diferent, que decía la publicidad turística de Fraga Iribarne y pasamos a ser un país europeo normal. ¡Uf! ¿Se imagina lo que sería hoy una España aislada, sola, frente a Trump y sus trogloditas? En el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid se rubricó aquel día el mejor negocio para la vida de los españoles. Siglos atrás habíamos sido un gran imperio, pero entonces los beneficios no llegaban al pueblo llano.
En 1985 España tenía 11 millones de habitantes menos y la mitad de personas ocupadas que ahora. El PIB y la renta por persona eran entre 7 y 8 veces más bajos que en 2025. Para entrar en otros países europeos había que pasar el trámite de aduanas y fronteras con el pasaporte y para pagar necesitábamos cambiar nuestras pesetas por francos, marcos o liras. Viajábamos lentamente en trenes que discurrían perezosos por vías antiguas y en coche por carreteras, que decíamos convencionales, cuyo trazado en muchos casos era del tiempo de la dictadura de Primo de Rivera. Ahora somos el segundo país del mundo con más kilómetros de alta velocidad y tenemos una tupida red de autovías, gracias a los fondos FEDER y al “pedigüeño” Felipe González, como le quiso insultar José María Aznar por solicitar fondos comunitarios para modernizar España.
En el orden material es evidente la mejora de las condiciones de vida de los españoles, pero mayor trascendencia ha tenido el cambio de mentalidad y la incorporación a una organización de países fundada en el respeto a la dignidad de las personas y el estado de derecho. España arrima desde entonces el hombro a la tarea de construir un espacio político, cultural, económico, laboral y social compartido, con una moneda única y políticas comunes en materia de comercio, investigación, seguridad, educación, salud y medio ambiente, industria y tecnología…
Aunque la UE es un modelo de éxito que tratan de replicar algunos países en otras latitudes, no significa que todo esté hecho o no haya problemas. Además de una más decidida política exterior común, la UE necesita un sistema propio de defensa y seguridad, sin perjuicio de la apuesta fundacional e identitaria del ejercicio de un poder blando, que no es inacción, sino la interacción con otros países basada en la cooperación, la cultura y fomento de la paz. Sin renunciar al rigor en la aplicación de las normas que garantizan la libertad, igualdad y competencia, la UE debe mejorar los procedimientos de toma de decisiones y reducir la burocracia.
Jaleados por los profetas de corte trumpista, crecen en la UE grupos que se dicen patriotas y que, como se vio en la “cumbre ultra” de París del lunes pasado, quieren endosar a las instituciones europeas todos los problemas habidos y por haber, incluidos los que ellos mismos generan. Son dirigentes de antiguos países del Este a los que parece que se les atragantan las reglas de la democracia liberal; políticos que han vivido siempre contra el sistema, dentro del sistema, como la francesa Marine Le Pen y los ultras españoles. Mención especial merece la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, cabeza de otro de los subgrupos, que pretende cohonestar el trumpismo con las normas y el derecho europeos. Como mezclar agua y aceite. Antes eran antieuropeístas, pero ahora promueven desde dentro campañas en favor de una UE mínima en la que tengan más peso los estados nacionales, que es exactamente lo que quiere Trump, divide y vencerás, para aplastar y engullir Europa país por país.
No ha sido fácil. “Al volver la vista atrás -cruzo los dedos- se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar” (Caminante no hay camino, A. Machado). El Gobierno de la dictadura llamó a las puertas de la CEE en 1962, pero las autoridades comunitarias no dieron curso a la solicitud hasta que España no fue una democracia. No es la panacea universal, pero la apuesta europea, la UE, ha sido providencial para sacudirnos la caspa del régimen anterior y consolidar la democracia, un sueño largamente anhelado por los demócratas españoles y que hoy es, además, el mejor escudo anti Trump.

