tribuna

La ley de la palanca

El actual Gobierno de Pedro Sánchez es más fuerte que el de Felipe González cuando estaba en su situación más crítica. A Felipe le pidieron que se fuera y se fue. A Sánchez, aparte de lo que diga él mismo, son los demás los que le exigen que no se vaya, porque la esencia de su Gobierno está basada en que no entren los otros, que fue el mismo espíritu que lo llevó a la moción de censura y que no ha cambiado después de siete años.


Esto lo dice Iván Redondo todos los lunes en La Vanguardia y es verdad. En ningún caso significa que hayan aumentado las lealtades internas, cada vez más débiles. Al contrario, ese es el flanco que debe cuidar porque el sanchismo se basa en el cemento de conveniencias que unen a unos para que no gobiernen los otros, y que nada tiene que ver con el progresismo. El progresismo, según las encuestas, va de capa caída. De aquí que la política se haya convertido en una secuencia de relatos, que se sustituyen unos a otros, permitidos por la desmemoria que supone la actualidad informativa. Llevamos demasiado tiempo viviendo bajo la Ley de la Palanca. Potencia por su brazo igual a resistencia por el suyo.


El asunto es que no existe nada que aparentemente sea capaz de modificar este equilibrio, que no se alterará hasta que no se celebren elecciones, y en ese caso tampoco es seguro que lo haga. De momento, la potencia, igual que el concepto de lo potencial, está por ver, y se intenta demostrar con la abundancia de opiniones, donde se va imponiendo la de la oposición en los últimos meses, con concentraciones que no llegan a ser masivas, con juegos de diplomacia y con el panorama, no del todo ilusionante, que ofrecen los sondeos.


La resistencia, por el contrario, tiene su manual de actuación, publicado desde el primer día y sigue sus pautas sorteando todos los peligros porque cuenta con la seguridad de los números inalterables que hoy componen las cámaras. Ese es el tema: la resistencia numantina del poder central frente a la apabullante presencia del poder territorial, que solo quiebra, precisamente, allí donde crece la conveniencia de apoyar al que resiste; Cataluña y el País Vasco. Hoy se convoca una manifestación en Madrid. A estas horas desconozco el número de asistentes. Da igual, nunca se pondrán de acuerdo. Lo que sí esta claro es que todo será un esfuerzo inútil, para desesperación de los organizadores, porque, pase lo que pase, la Ley de la Palanca seguirá actuando de forma inexorable. El problema es que en toda cuestión de Estática no hay avance. Todo seguirá siendo igual mientras la potencia por su brazo sea igual a la resistencia por el suyo. Luego está lo de Arquímedes: “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Por más que muchos lo hayan intentado, el mundo sigue estando donde está, aunque algunos se aprovechan de esta frase para conseguir que los voten.


Las revoluciones, como decía Chesterton, en su sentido geométrico acabarán siempre volviendo al punto de partida. Otra vez recurro a la sabia afirmación de don Felipe González Vicén: “Volvamos al bar Alemán de donde nunca debimos haber salido”. Las cosas son como son, igual que dijo el torero que había toreado en La Coruña y, cuando iba a coger el tren, unos aficionados le aconsejaron que se quedara porque era tarde y Sevilla estaba muy lejos. La respuesta fe contundente: “Sevilla está donde tiene que estar, lo que está lejos es esto”.

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