Barrer las calles con una hoja de palmera tiene su jeito. En la Capital tinerfeña es tónica habitual a primera hora de la mañana. En otras localidades canarias y en Elche, por eso de aunar identidades patrias, también hay palmeras, aunque desconozco si sus equipos de limpieza emplean el artilugio vegetal para eliminar la suciedad del espacio urbano. El caso es quitar la inmundicia. En España las tareas del hogar más ingratas son lavar la loza y limpiar el cuarto de baño. En tiempos pretéritos las labores domésticas se enseñaban en la Escuela de Educación Profesional de la Mujer. Hoy no es cosa de ellas. Vivir en armonía con la higiene no está reñido con el sexo de cada cual. La vida ordinaria es arrugas, polvo, desorden y demás deslucimientos sin género. Pero lejos del desencanto, la imperfección alienta a la belleza, a tomar conciencia de la ganancia que reporta el lavavajillas y la escobilla del inodoro. Para estos menesteres no se requiere formación previa, sí interés y compromiso con el bien común. Dos son multitud.
Al igual que pasar la bayeta, eliminar las miserias humanas forma parte del juego. La convivencia requiere mano izquierda. Lidiar con la paja ajena no es sencillo cuando la viga propia pesa lo suyo. El filósofo inglés Thomas Hobbes asentó que el ser humano se comporta como un lobo entre sus semejantes. Tan claro lo tenía que ninguneó a la sociedad ideal descrita por Tomás Moro en la isla de Utopía. Además, que su compatriota muriese decapitado en la Torre de Londres al no apoyar la ruptura de Enrique VIII con la Iglesia de Roma por un lío de faldas, reafirmó su tesis. Leña al mono. Visto lo visto, pese a la cordura que plantea el ordenamiento jurídico, darse mamporros es consustancial al homo sapiens desde que Caín mató a Abel. Conocido es el tratado El arte de la guerra escrito por el chino Sun Tzu en el siglo V antes de Cristo.
Con este panorama, imposible pedirle peras al olmo aun existiendo almas que desempolven. Las excepciones confirman la regla, minoría cada vez más subordinada a la prosperidad de la prolífica estupidez, afirma el psicólogo francés Jean François Marmion. Trabajar el intelecto languidece: rumiar alfalfa en Internet y manchar medios de comunicación otrora dignos tiene más impacto que lo que pueda decir una persona avezada en la sensatez y en el raciocinio. La cretinez galopa ligera con el objetivo de arrinconar a la razón. El escritor italiano Pino Aprile alerta de la gravedad social en su último elogio de la imbecilidad: “La inteligencia está extinguiéndose y va camino de desaparecer”.
Subsistir en la promiscuidad de lo vulgar es la consigna. La inmensa mentira se hace fuerte en torno a mi verdad, a mi trozo de pastel, a mi trasero. Poner la mano en el fuego, quemarse, fanfarronear, es vivir en la artimaña. ¡Ay! Complaciente y nauseabunda necedad parapetada en democráticas lámparas pálidas y artificiosas soflamas ideológicas. Farisaico afán de servicio. Velas al caballo de Guernica, al cambio climático y al puticlub. ¡Qué asombrosa habilidad para burlarse de todes!
Según un estudio realizado en Noruega, el cociente intelectual registra los peores datos desde los años treinta del siglo XX, acentuándose el desplome, en la actualidad, a causa de los cambios en el sistema educativo, la reducción de la lectura, el enganche al teléfono móvil… Estigmas modernos.
El imparable avance del pajareo no se atiene a fronteras. Tanto monta, monta tanto, aquí en ínsula como en tierras de allá. El Mundo es ansí, lo escriba Pío Baroja, lo barra Fray Escoba.

