La tensión latente en los Balcanes ha escalado en los últimos meses a causa de las protestas en Belgrado (capital de Serbia) contra la corrupción, del rechazo a los planes para ceder a China la explotación minera de los 160 millones de toneladas de litio que hay bajo tierra en Serbia y, especialmente desde la pasada primavera, por dos acuerdos militares de alto poder explosivo. Dos miembros de la Alianza Atlántica, Croacia y Albania, han suscrito un pacto de colaboración con Kosovo, que declaró unilateralmente su independencia en 2008 y que Serbia sigue considerando una provincia propia. Diez días después, el gobierno de Belgrado, que juzga de provocación el pacto liderado por Croacia, firmó un acuerdo de cooperación militar con Hungría, una insólita complicidad de un aliado histórico de Rusia con un país miembro de la OTAN.
Todo esto está ocurriendo ahora y pasa prácticamente inadvertido porque la atención mundial está centrada en el destrozo que ha producido la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca, en la situación de Ucrania, en el avance de la extrema derecha, en el genocidio del pueblo palestino… asuntos muy graves que opacan lo que sucede en el rincón sureste de Europa, en los Balcanes, que es una zona que conviene no perder de vista porque sus crisis han sido el desencadenante de graves problemas para el continente.
Lo saben bien y lo explotan quienes tienen interés en crear problemas a la Unión Europea, singularmente el presidente ruso, Vladimir Putin, y también China, que hoy se reúne en Bruselas con la UE en un clima más bien frío y de desconfianza mutua por el apoyo de Pekín a Rusia en la guerra contra Ucrania, por el desequilibrio negativo para la UE de la balanza comercial y porque las autoridades chinas son renuentes a aceptar que Bruselas sea el interlocutor único para negociar con los países de la UE.
A Putin le inquieta la inclinación pro occidental de los países de los Balcanes porque, desde su perspectiva, con ellos se ensancha el perímetro de la amenaza para Rusia. Ya son miembros de la OTAN Albania, Croacia, Eslovenia, Macedonia del Norte y Montenegro. Croacia y Eslovenia son, además, miembros de la Unión Europea y otros cuatro países, Macedonia del Norte, Montenegro, Albania y la propia Serbia, han solicitado el ingreso en la UE, que Putin trata de entorpecer alentando la recreación de la gran Serbia, origen de los conflictos e inestabilidad en la región.
Serbia es el principal aliado de Moscú en los Balcanes. El presidente ruso viaja con frecuencia a Belgrado para fortalecer la relación de hermandad de dos naciones con población mayoritariamente eslava y ortodoxa, donde es recibido con pancartas en las que se puede leer “Serbia y Rusia amigos eternos” y “Serbia y Rusia, hermanos para siempre”. El líder serbio bosnio, Milorad Dodik, que reclama que vuelva a crearse una gran Serbia en los Balcanes, regala los oídos de Putin alentando su afán expansionista: “Debe terminar su trabajo en Ucrania y establecer un control sobre todo el espacio que puede ser peligroso para Rusia”.
Desde hace meses el presidente de Serbia, Aleksandar Vucic, repite que las protestas “están organizadas desde el exterior para derribarle por sus relaciones de hermandad y amistad con Rusia y China y obligarle a imponer sanciones a Rusia y, en sintonía con él, la portavoz del Ministerio de Exteriores de Rusia, María Zajárova, asegura que el Kremlin respaldará al Gobierno de Serbia frente a lo que definió como intentos de Occidente de desestabilizar al país balcánico. Un avispero.
