Todo lo bueno y positivo que hemos logrado en varias décadas, está a punto de saltar por los aires. La ideología está por encima de la verdad o la calidad de vida y los avances sociales se desmoronan por la incapacidad de sus perseguidores y la pasividad de la sociedad y sus hipotéticos defensores. En definitiva, los políticos.
La derecha más extrema ha sabido deslizar sus discursos de odio por las rendijas de este sistema que solo se ha estado mirando todo el rato su ombligo, alimentando el vacío y los fracasos que se han dado a nivel social y educativo, y aprovechando el desánimo como tierra de cultivo.
La ideología ya lo es todo, y poco importan los derechos, los avances, la ciencia, la cultura, la educación o la salud. Se ha deteriorado y abandonado a un segmento de la población, al que se le ha arrinconado en el silencio más absoluto, y es tan clamoroso el estruendo del enfrentamiento político, que la vida es ahora un permanente campo de batalla en el que nos matamos a intransigencias.
Está en riesgo, ni más ni menos, que nuestra forma de vida y ese mismo estilo está en estos momentos a punto de ser demolido por tendencias radicales e irracionales, porque se quiere ahondar en las carencias más absolutas para que ya no se reclame nada. Las guerras y el radicalismo son siempre lo mismo, y se repiten porque se alimentan de ideología e ignorancia.
Se ha implantado el desinterés y la desinformación como forma de vida, arraigando un discurso carente de conocimientos que se impone por la fuerza, que se alimenta de mentiras y actúa desde la falsedad, estructurando batallas intestinales donde los motivos son un todo que separa y donde el juicio se pierde en favor de la irracionalidad.
Es una pena que todo aquello por lo que se viene luchando desde hace décadas, esté a punto de naufragar en un mundo de vanidad y bajo la voluntad de unos pocos intereses, aunque como su defensa también puede ser una oportunidad para valorar como se ha venido actuando bajo el manto del Estado del Bienestar, cuya didáctica no ha estado menos plagada de mentiras y víctimas, mientras el discurso del odio que ahora se impone, empieza a tener cuotas de poder.
No se puede obviar que también hay un saldo negativo por el que millones de españoles han perdido derechos y oportunidades, puesto que, a pesar de que el conocimiento es una responsabilidad personal, también se debe reconocer que los instrumentos del Estado y los partidos que lo han sustentado, le han dado la espalda, y los desheredados de la democracia han encontrado el calor en discursos que no hacen más que poner en cuestión ese sistema.
El anuncio de deportación a capricho de millones de personas que han venido a España a buscar una vida mejor y a contribuir a la de los españoles, solo por el color de la piel o el lugar de procedencia, tiene un nombre y un sello por el que se distingue a quien sostiene este tipo de actitudes y mentalidad. Esta es una forma de vida y de pensar que ha venido para quedarse, alimentado de la pasividad o complicidad de los partidos tradicionales, enredados en sus patéticas luchas de poder y representatividad.
Lo que hace no mucho tiempo era anecdótico, dentro de la comodidad que da la Constitución, es ahora preocupante, puesto que, a una sola palabra de los dirigentes de determinada formación, la respuesta es inmediata, como ha ocurrido en la población andaluza de Torre Pacheco, en la que el relato de una agresión despreciable a una persona mayor, ha valido para organizar una batida para capturar y cazar al inmigrante, sin distinción y sin la más mínima comprobación de los hechos.
El peligro es la (pasividad). Es esa inacción la que también ha permitido la muerte de más miles de israelíes por la brutalidad e inhumanidad de Hamas, y las miles y miles de vidas perdidas como consecuencias de la respuesta de aniquilación genocida de un pueblo como el palestino. También es pasividad la (complicidad) y, en especial, aquella por la que, en nombre de la ley, la que sea, un gobierno actúa para atacar y perseguir una condición de la humanidad como es la inmigración.
EEUU está realizando, en vivo y en directo, una operación de caza de personas, indiscriminadamente, bajo el mismo pretexto que se esgrime estos días en España: perseguir la delincuencia.
La delincuencia no se combate hostigando a un pueblo, en el que se atemoriza a las familias, tanto las locales como las de los migrantes, ni utilizando la fuerza en los campos de cultivo, atrapando a brazadas a los jornaleros, a esos trabajadores que contribuyen a la economía y desarrollo de los países que les necesitan.
La mentira fabrica el motivo y la justificación. La ignorancia fabrica la realidad.
Ha empeorado nuestro mundo tanto, que una mentira es válida para destruir nuestra educación, nuestro sistema de salud, de seguridad pública, los derechos, las singularidades territoriales, la solidaridad, la educación…Todo, para imponer un nuevo modelo, diseñado y preparado para que otros lo controlen y ejerzan como ya se hizo y se está haciendo en muchos países.
Ahora, la ideología lo es todo. Sin memoria, así no va.
