tribuna

Nuestra riqueza depende del esfuerzo de quienes nos rodean

¿Alguna vez se ha detenido a pensar que su nivel de vida no depende únicamente de su trabajo, de sus ingresos o de su patrimonio, sino del esfuerzo de sus conciudadanos?

Podrá contar con una cuenta bancaria saneada, una buena formación y acceso a oportunidades. Pero si su entorno deja de esforzarse, si la comunidad en la que vive renuncia a producir, reparar, servir o construir, su riqueza se diluirá como sal en el agua. Porque la verdadera riqueza no reside en el dinero acumulado, sino en la capacidad productiva real de una sociedad: la suma de los oficios, conocimientos, vocaciones y trabajos anónimos que convierten las necesidades en soluciones.

Nadie come billetes. Nadie vive de derechos abstractos sin que alguien asuma la carga de convertirlos en realidades concretas.

Sin agricultores no hay comida. Sin mecánicos no hay movilidad. Sin operarios, ingenieros, soldadores o técnicos, no hay servicios, no hay infraestructuras, no hay industrias. Y cuando eso se pierde, el capital acumulado sirve de poco. Hay ejemplos trágicos en la historia donde, ante el colapso de las instituciones productivas, se llegó literalmente a quemar dinero para calentarse, como sucedió en Alemania en los años 20 o en Zimbabue a principios de este siglo.

Sin embargo, hemos normalizado un discurso peligroso: uno que desprecia el esfuerzo y glorifica la dependencia. Un relato en el que todo es un “derecho” desvinculado de toda obligación, y donde el mérito es visto con sospecha. Un entorno donde el que produce es objeto de regulación, reproche o fiscalización permanente, mientras el que vive de lo que otros generan recibe aplausos por su “resiliencia”.

Esto no es solo una perversión cultural; es un modelo de ingeniería social cuidadosamente diseñado. ¿Y quién se beneficia de ello? No es el trabajador común, ni el joven con talento, ni el autónomo que madruga, ni el empresario que reinvierte. Los verdaderos beneficiarios son quienes pretenden dirigir la vida de los demás sin generar valor propio: burócratas sin méritos, políticos clientelares, intermediarios de rentas ajenas. Su estabilidad depende de que usted no destaque, de que no cuestione, de que no se esfuerce más allá del mínimo necesario, porque todo lo que escape de su control amenaza su posición parasitaria.

Y así, lentamente, se construyen sociedades donde prosperar se castiga y resignarse se recompensa. Donde ser brillante es una molestia y obedecer sin pensar es virtud. Donde el miedo a “desentonar” impone un techo invisible al talento.

Para mí, una organización o una sociedad funciona como una casa.

Si todos recogen, limpian, lavan y ponen de su parte, la casa se mantiene digna, ordenada y habitable. Pero si todos se dedican únicamente a meditar, a hacer “tumbling” emocional y a orientar el ombligo hacia el cielo indefinidamente, la casa no tarda en parecer un chiquero. La armonía no viene del confort pasivo, sino del compromiso activo, del trabajo compartido, de la voluntad de sostener entre todos aquello que nos permite vivir mejor.

Pero aún estamos a tiempo.

El primer paso es recuperar el valor moral del esfuerzo. No solo como medio de enriquecimiento personal, sino como pilar del bienestar colectivo. Una sociedad fuerte no es la que distribuye más subsidios, sino la que incentiva mejor la creación de valor real. La que respeta al que produce, protege al que se esfuerza y reconoce al que asume riesgos.

En Canarias, esta reflexión es urgente. No podemos depender eternamente de sectores subvencionados o de rentas externas volátiles. Necesitamos fortalecer nuestra base productiva, industrial y técnica, y eso comienza por cambiar el relato: volver a valorar al que trabaja, al que emprende, al que mejora, al que no se conforma.

Porque, al final, la libertad, la dignidad y la prosperidad se construyen con esfuerzo compartido, y no hay mayor acto de justicia que premiar a quienes lo hacen posible.

Jonathan Perez Padrón.
Chief Executive Officer Hidramar Group | Impulsando Canarias desde la reindustrialización y la exportación como motores de generación de riqueza neta.


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