Varios estudios médico-epidemiológicos con enfoque histórico plantean la hipótesis de que una epidemia de gripe porcina, transmitida por los cerdos comprados en La Gomera por Colón durante su segundo viaje (1493-1496), pudieron introducir un virus zoonótico en las Antillas, promoviendo una epidemia que trajo consigo una mortalidad especialmente elevada entre los indígenas del Caribe. Probablemente fueron los marinos de aquel viaje los que enfermaron durante la travesía por el contacto con los marranos, propagando involuntaria y trágicamente la enfermedad nada más tocar tierra.
Prohibido por judaísmo e islam, el cerdo constituye uno de los ingredientes fundamentales en la cocina de la mayor parte del mundo cristiano, con especial arraigo en España y los países iberoamericanos.
El segundo viaje del Almirante fue el primero en el que se va con vocación de formar establecimientos permanentes en Las Indias. Esto hizo imprescindible llevar semillas y animales, esperando su adaptación al clima y al suelo recién tomados para Castilla. Mientas que en el viaje del Descubrimiento (1492-1493), Colón a duras penas logró convencer para el embarque a unos 90 marinos en tres naves, en el segundo fueron 17 barcos y unas 1.500 almas, sin duda espoleadas por las noticias de que había riqueza al otro lado del Atlántico. Muchos se quedaron en los muelles.
En la parada que hace en San Sebastián de La Gomera (del 5 al 7.10.1493), se pertrecha de animales ya aclimatados: caballos, terneras, cabras, ganado lanar y cerdas para naturalizarlos en la isla de La Española, donde había dejado a 39 marinos en el Fuerte Navidad, erigido con los restos del naufragio de la nao Santa María. También consta en los documentos de la estiba que llevó: gallinas, otras aves de corral y semillas de naranjos, limones, melones y otros frutos.
Pero lo que se multiplicó de forma pasmosa en Las Antillas fueron los cerdos, probablemente derivados del cochino “guanil” o salvaje de La Gomera, especie extinta en Canarias desde mediados del s. XX. Está acreditado que se llevaron ocho cerdas y a los diez años de su introducción ya había granjas con miles de ejemplares en Santo Domingo. El propio padre De Las Casas, quien fuera testigo de la reproducción porcina, relata: “Compraron ocho puercas, a sesenta maravedíes la pieza. Destas ocho puercas se han multiplicado todos los puercos que hasta hoy ha habido y hay en todas estas Indias, que han sido y son infinitos” (Historia de las Indias, 1552).
Grandísimo navegante en el mar, Colón se volvía un tirano nada más tocar tierra. Cuenta en su obra La zoología de Colón (1888) el cubano Juan Ignacio de Armas que las cerdas fueron adquiridas en La Gomera por unos marinos del viaje, pagando por ellas los contrastados sesenta maravedíes por unidad, pero que: “una vez en Santo Domingo se apoderó el Almirante de las puercas, como de hacienda real, para atender a su propagación, por lo cual dio lugar a quejas y reclamaciones de los interesados, que no fueron atendidas hasta varios años después, cuando la cría estaba asegurada”.
Nicolás de Ovando aseguró la proliferación de la raza porcina en La Española y Diego de Velázquez la introdujo en Cuba con igual éxito. De Cuba llevó gorrinos Cortés a México y Hernando de Soto para La Florida. La progresión aritmética fue imparable, propagándose por millares. Así que cuando uno coma cerdo en cualquier lugar del mundo hispano, quizá le venga a la memoria su origen.
