Pocas mentiras han hecho tanto daño como la idea de que el dinero es riqueza. Este error, promovido por todas las variantes del estatismo, desde el socialismo hasta el nacionalismo económico, ha destruido economías, arruinado millones de vidas y, paradójicamente, enriquecido a los políticos que lo defienden. Porque el dinero, por sí solo, no vale nada. La verdadera riqueza está en lo que se produce: comida, casas, coches, ropa, salud, educación, transporte. Cosas reales que la gente necesita.
Cuando una sociedad produce mucho de eso, es rica. Cuando produce poco, aunque haya dinero en circulación, es pobre. Tener más billetes no significa tener más riqueza, como tampoco imprimir entradas de cine aumenta el número de películas que podemos ver. Sin embargo, muchos gobiernos caen en la trampa, o lo hacen conscientemente, de pensar que basta con imprimir más dinero o endeudarse para “impulsar la economía”.
¿Por qué lo hacen? Porque repartir dinero compra votos. Porque crear puestos públicos innecesarios fideliza clientelas. Porque les da poder.
Cada vez que un político promete nuevas ayudas, nuevos subsidios, más funcionarios, más pagas, lo que está haciendo no es crear riqueza: está distribuyendo cheques con dinero prestado o impreso, a costa del futuro o de la inflación. Así nace una red clientelar: ciudadanos que no están ligados a la productividad, sino al favor político. Gente que no necesita servir al prójimo ni cubrir necesidades de los demás, sino agradar al burócrata que reparte recursos.
Y es que, al fin y al cabo, para muchos políticos esto no va de servir, sino de asegurar su propia supervivencia política y económica. Muchos de ellos, sin el Estado, no tendrían forma de alcanzar el nivel de vida que disfrutan: coches oficiales, dietas, asesores, viajes, pensiones privilegiadas. No han cubierto anhelos, no han creado soluciones, no han resuelto problemas reales. Pero desde el Estado, lo obtienen todo. ¿Cómo lo logran? Repartiendo lo que no es suyo.
Pero este reparto tiene consecuencias devastadoras. Si cada vez más personas viven del Estado, sin producir nada, y menos personas trabajan en empresas, comercios o talleres que realmente cubren necesidades, lo que ocurre es simple: cada vez hay más dinero y menos cosas que comprar. Y entonces los precios suben, los productos escasean y las colas se hacen largas.
Imagina un pueblo donde antes 30 personas horneaban pan, cultivaban hortalizas o fabricaban ropa. Poco a poco, 20 de ellas consiguen un “buen trabajo” en la administración pública, con sueldo garantizado. Ya no producen nada que se pueda consumir. Pero siguen cobrando. Y entonces hay menos comida, menos ropa, menos servicios… pero más gente con dinero en el bolsillo. Resultado: inflación, empobrecimiento y dependencia.
Esa es la lógica que está arruinando países enteros. Venezuela, Argentina, Cuba o Zimbabue son ejemplos extremos. Pero incluso en economías como la europea, la presión política por gastar sin control y regalar dinero se mantiene. Porque, a corto plazo, es rentable para el que manda. Aunque el país se hunda después, ellos ya habrán asegurado su poltrona.
La riqueza, en cambio, requiere un camino más exigente: libertad económica, responsabilidad individual, y una cultura que valore el esfuerzo. Cuando las personas saben que nadie va a venir a rescatarlas, se activan. Buscan qué pueden ofrecer a los demás. ¿Qué necesita el vecino? ¿Qué puedo hacer mejor que otros? ¿Qué problema puedo resolver? Y así se multiplican los productos, los servicios, los empleos, los ingresos. No porque alguien los reparta, sino porque alguien los crea.
Es hora de dejar de aplaudir a quienes prometen más dinero desde el poder, y empezar a valorar a quienes producen riqueza desde la acción. Riqueza no es tener más billetes: es tener más soluciones para los problemas del prójimo. Y los países que progresan no son los que más dan a su gente, sino los que más empujan a su gente a aportar valor a los demás.
En definitiva, no confundamos dinero con riqueza, ni reparto con justicia. Los políticos que perpetúan modelos estatistas no lo hacen por tu bienestar, sino por el suyo. Porque en ese sistema ellos siempre ganan, aunque tú tengas que hacer cola para comprar leche o pagar el triple por una vivienda. Y hasta que no cambiemos ese enfoque, seguiremos siendo cada vez más pobres… con más dinero.
Jonathan Perez Padrón
Chief Executive Officer Hidramar Group | Impulsando Canarias desde la reindustrialización y la exportación como motores de generación de riqueza neta
Perfil en Linkedin
