tribuna

Del infierno atómico al apaño nuclear

Por exigencia del guion Frankenstein, Pedro Sánchez está obligado a tratar de aislar al PP y ha amagado con abrir un nuevo frente, ahora sobre las centrales nucleares, tomando como pretexto el apagón eléctrico del pasado mes de abril, pero parece que ha advertido lo menguado de sus fuerzas y trata de buscar una salida negociada con las empresas del sector. El debate nuclear le ha pillado a contrapié porque prometió apagar las centrales mientras en el entorno europeo la producción nuclear gana posiciones como energía limpia y renovable.

El PP ha tomado partido por la continuidad de las actuales centrales y, con la abstención de ERC y Junts (socios parlamentarios de Sánchez), ha conseguido que el Congreso admita a trámite una proposición no de ley para derogar el plan de cierre, que, aunque no es vinculante para el Gobierno, coincide con el interés de las empresas propietarias y se resolverá en los próximos meses, previsiblemente con la anuencia -a la fuerza ahorcan- de la vicepresidenta Sara Aagesen.

Pero no lloverá a gusto de todos y la decisión molestará a Sumar, cuyos diputados, como algunos del PSOE, sienten todavía latir en las venas que un izquierdista como dios manda tiene que oponerse a la energía nuclear, como si el átomo tuviese ideología y un solo uso, como si el cuchillo canario, pongo por caso, solo sirviese para podar plataneras. Se han quedado colgados en la pancarta de “Nuclear no, gracias”, haciendo inútiles ejercicios de estática comparada que escandalizarían a un marxista fetén de los de antes.
Si hablamos de energía para adultos, como diría Núñez Feijóo, hay que decir que la nuclear, por mucho que aprieten sus detractores, es necesaria para el funcionamiento del mundo actual. Indispensable para generar electricidad, se utiliza también para la propulsión de buques, en medicina (diagnóstico, radioterapia, esterilización de equipos…), en la industria, agricultura y alimentación, para la desalación de agua del mar y para la producción de hidrógeno. A finales de 2023, según la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA), existían en el mundo 412 reactores nucleares, casi la mitad de ellos en la UE (100) y EE.UU. (93). China tiene 55 y Rusia 37. En España hay 7 reactores en funcionamiento en cinco centrales, que generan el 20 % del total de la energía eléctrica en España.

La fusión nuclear será, previsiblemente, la alternativa definitiva a los combustibles fósiles, contra los que compiten ahora las energías renovables, fundamentalmente eólica y solar. Pero, sin ignorar sus inconvenientes, la actual energía de fisión nuclear (ruptura del átomo) es una solución transitoria, un apaño si se quiere, que proporciona estabilidad añadida al sistema. Ningún técnico de fiar asegura que se hubiese evitado el apagón de abril estando todos los reactores nucleares en producción, pero coinciden en que, de haberlo estado, hubiese sido menos probable la caída al cero energético. 

Para disgusto de los agoreros, la energía nuclear está de vuelta en países europeos que habían pasado página y en este nuevo clima los profetas del apocalipsis ya no nos dan la barrila con el ridículo argumento de una futura España antinuclear rodeada, como una isla, de países con centrales nucleares en plena producción y planes para construir nuevos reactores: Francia, Reino Unido, Marruecos… Los antinucleares han cambiado la amenaza del infierno con nubes radiactivas de dióxido de uranio, carburo de boro y otros materiales tóxicos, como en Chernobil, por reproches a la energía nuclear por razones de precio, y flexibilidad. Algunos admiten incluso el parche o mal menor de las centrales actuales. Algo es algo.

Acaba de hacerse público un estudio que revela que el 75% de los franceses respalda la energía nuclear, nueve puntos más de los que en España quieren prolongar la vida de las centrales, según el Barómetro de Elcano. Somos, después de Francia, el segundo país de la Unión Europea en producción nuclear. Y así las cosas, me malicio que el Gobierno no va a cerrar las centrales nucleares como prometió. A fin de cuentas, será hacer otra vez virtud de la necesidad y, además, contentar a ERC y Junts, que no conviene olvidar que las centrales de Vandellós y Ascó producen el 60% de la electricidad de Cataluña. . .

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