Por Antonio Salgado Pérez
Aunque el caminante del siglo XXI va mucho más pertrechado que el peregrino medieval, los atributos principales no han cambiado. Eso sí, y como se ha apuntado en la revista Muy Interesante, se han modificado: el bordón (simple “palo” o bastón) es hoy sustituido por un piolet, mientras que la calabaza, siempre llena de vino, ha evolucionado hasta la cantimplora con agua fresca. En la sencilla esportilla o zurrón -de piel de ciervo o vaca- se portaba el pan y alguna escasa vianda, mientras que el peregrino actual lleva una mochila cargada de ropa, esterilla y saco. La venera (concha), inalterable, sigue acompañando al caminante que, por cierto, también suele hacer el Camino muy cómodo en ropaje, sin mochila, ya que un autobús-escoba se encarga de la intendencia del grupo, como sucedió en su momento, con los miembros de la Asociación Tinerfeña de Amigos del Camino de Santiago, que venía presidiendo el entusiasta e inagotable Enrique García Melón. Hay coches particulares y taxis que llevan este distintivo: Traslado de mochilas y apoyo de peregrinos. En la actualidad, el sombrero o gorro ha sustituido al sombrero de ala ancha; la chaqueta cortavientos (de tejido impermeable) o la ropa ligera transpirable, a la esclavina o capa; el pantalón deportivo al tabardo hasta las rodillas; y las botas de montaña y calcetines transpirables a las austeras sandalias de aquellos antiguos peregrinos que, sin embargo, también disfrutaron, en su época, de albergues, hostales, mesones y caminos de tierra; de aldeas minúsculas, ricas en piedra, de rincones silenciosos, ejemplos vivos de la Galicia rural, con sus peculiares tabernas y pulperías; con sus durísimas rampas como la del Alto Do Poio, donde el Santo Apóstol refuerza nuestras piernas y nuestros pulmones para llegar a tan emblemática cima, donde se lee: “Sin dolor no hay gloria. El dolor es algo temporal. La gloria es para siempre”. Y esta otra frase en inglés: “The greatest achivement is fitness” (“El mejor logro es estar en forma”). En los lugares más recónditos surge una tienda-bar que ofrece sidra, bizcochos, cerveza y bebidas isotónicas y, más allá, en el umbral de una vivienda particular, y encima de una pequeña mesa, un porrón, manises, plátanos y manzanas, con algunas monedas y esta tarjeta: “Agua fresca y reposo, para hacer bien el Camino .Gracias. Fina y Daniel”. Extraña que ningún ciclista de los numerosos que encontramos en el Camino llevase timbre para anunciar sus respectivas presencias. “Así llevamos menos peso”, manifiestan con cierta ironía .Una serie de peregrinos-caballistas nos desearon, desde elevados lomos, el clásico “Buen Camino, peregrinos”. En medio del bosque, un lugar muy apropiado para hacer un alto en el Camino, con este ruego escrito: “Por favor, descanse, sí, pero no ensucie”. Un poco más alejado del citado lugar, una cruz, una fotografía y unas flores, para el que dejó, allí mismo, su vida, en esta Ruta Jacobea, donde entonces tuvimos fina posmilla pero nunca tormentas, relámpagos, truenos y rayos. El Camino de Santiago, donde el sol siempre nos da en la espalda, permite al peregrino fundirse con una naturaleza espectacular, de una forma muy especial, en Galicia, que está llena de rincones donde el agua, la piedra y la vegetación, como hemos visto, son protagonistas. El Camino es un encuentro consigo mismo, pero también, con otros peregrinos con los que uno se encuentra y se reencuentra antes y durante el viaje. El último tramo del Camino está comprendido entre el mítico Monte do Gozo y Santiago de Compostela. Menos de cinco kilómetros, que discurren sobre el asfalto, en suave descenso y pisando las avenidas, rúas y plazas de la capital de la comunidad autónoma de Galicia. Tras la barroca fachada del Obradoiro, el Pórtico de la Gloria, el más acabado monumento de la escultura medieval que, como apuntó Miguel de Unamuno, “respira la eterna juventud del granito”. Y después del debido recogimiento, reflexión y fervor, la irrupción del botafumeiro, el primer ambientador de la historia, cuyo incienso hace llorar a más de un feligrés. Contemplar el balanceo del incensario gallego -literalmente, “echador de humo”- sobrecoge a quien tiene la oportunidad de admirar su recorrido, en el que llega a alcanzar los cincuenta k/h de velocidad. Ayudados por una polea, unos ocho “tiraboleiros” son los encargados de mover casi los cuarenta kilos de este botafumeiro de metal revestido de plata. El original del siglo XVI, desapareció durante la Guerra de la Independencia, por el actual data de 1851. Cuando se ha llegado al final del Camino; cuando se concluye y retornamos a la normalidad de la vida, se siente un vacío muy característico. Se echan de menos los madrugones, los desayunos mirando al reloj; el caminar casi en grupo; los cantos de los pájaros y de los grillos; el olor a lavanda, a romero, a clavel y a rosa; el aroma de los eucaliptos y de los pinos recién bañados con el sereno matinal; se echan en falta las ampollas, las rozaduras, los resbalones y el “compeed” y, por supuesto, la exquisita gastronomía gallega y los céntricos y cómodos hoteles que disfrutamos. Se echan de menos muchas cosas. Y lo notaron, por ejemplo, nuestros afectuosos acompañantes, adscritos a la Asociación de Antiguos Alumnos de la Facultad de Farmacia de Santiago de Compostela, uno de cuyos destacados directivos es el ya mencionado José Ramón Mato. Y claro que también lo notaron los integrantes de la ya mencionada Asociación Tinerfeña de Amigos del Camino de Santiago que entonces hicieron el Camino: Alejandra, Alida, Ana, Araceli, Carmencita, Claudia, Conchita, Cristina, Elviro, Enrique, José Luis, Jorge, Manolo, Minerva, Tata, Luisa y quien suscribe.
*Miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio

