Como todos los lunes acudo a la sala de guerra de Iván Redondo. No soy simpatizante de ningún columnista, los leo y ya está. De ahí extraigo algo de lo que entiendo por estado de opinión. La opinión de Estado es otra cosa, y de eso se encargan otro tipo de voceros. Esta mañana me levanté pensando en que hay una desconexión entre los objetivos de los políticos, fundamentalmente ideológicos, y los deseos de los ciudadanos, que son fundamentalmente resolver los problemas para que sus vidas sean aceptablemente vivibles. En este desacuerdo vivimos y eso es la gran crisis por la que estamos atravesando, como si fuera una enorme turbulencia a mitad del vuelo que solo produce inquietud. Aunque sepamos que no tendrá la fuerza suficiente para hacer caer el avión, a veces ocurre. Iván Redondo se pregunta: democracia, para qué. Entre otras, también demanda la de Congreso, para qué, a pesar de que esta ha sido contestada con creces por Sánchez cuando dice que no le hace falta para gobernar. Concluye que el debate izquierda-derecha en el que nos ha introducido la clase política es pernicioso. La gente quiere tener una vivienda, una vida digna, una seguridad aceptable, salud, libertad y esas cosas simples para desarrollar la existencia sin la ansiedad permanente, y eso no se lo resuelve la ideología, que, en pocas palabras, se ha reducido al placer de que gane tu equipo sin aportarte más, salvo alguna sinecura a los que estén en primera línea. Redondo maneja encuestas, como todos, y advierte que si en España votaran solo los que tienen entre 18 y 30 años, Vox tendría mayoría absoluta. Esto significa para él, y yo coincido plenamente, que discutir sobre izquierdas y derechas, como llevamos haciendo desde hace tiempo creyendo que es una solución de resistencia, nos perjudica a todos. Menos mal que Redondo lo dice, porque si no estaría siendo víctima del improperio de aquellos que solo escuchan lo que les gusta oír, o lo que sus jefes inductores les dicen que es conveniente mantener, o lo que los tertulianos recomiendan desde sus altavoces altisonantes. Iván Redondo no siempre tiene razón. Les pasa a los gurús que se pasan el día comiendo helados y de vez en cuando aciertan. Lo que asegura es una realidad mensurable, no es objeto de expectativas dramáticas que anuncian tiempos de crudeza. Son más bien orientaciones para el cambio, y el cambio se produce de manera incruenta o no en función de la ilusión unánime que acarree. Si mantenemos la sensación de derrota o victoria, como es lógico que se produzca en una sala de guerra, el problema seguirá ahí, latente, encriptado, a la espera de una mejor ocasión para reproducirse. A la pregunta de democracia para qué, la respuesta sería para tratar de recuperar lo que estamos a punto de perder. Es un clamor que se manifiesta en toda la sociedad, incluso en Iván Redondo, que también forma parte de ella, como todos los gurús. Solo no lo ven esos residuos, cada vez más escasos, de militancias que intentan salvar lo insalvable, como si salvándose ellos estuvieran salvando a la democracia. Hoy estoy de acuerdo con Redondo. Por eso lo leo cada lunes. A veces me sorprende.
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