tribuna

¿Para cuándo un archivo de etnografía pancanario?

Por Marcial Morera. De sobra sabido es que, para conocer de forma cabal la historia social, la lengua, la literatura oral, las costumbres, las artes, los oficios, los utensilios, la medicina popular y la gastronomía de los pueblos, resulta absolutamente imprescindible hacer encuestas para rescatarlos de la práctica real de la comunidad y de su habla viva, con métodos científicos más o menos especializados. Sin encuestas, no hay trabajo de investigación etnográfica, dialectal, antropológica o folclórica porque eso que llamamos Etnografía, Dialectología, Antropología y Folclore no es otra cosa que explicación de la vida y el habla de las gentes del pueblo. Horros de trabajo de campo, diccionarios dialectales, descripciones etnográficas y obras similares no pasarían de ser otra cosa que refritos de datos copiados de aquí y de allí o de meras especulaciones teóricas, como demuestran los tantos tesoros lexicográficos, monografías etnográficas y trabajos folclóricos improvisados y de dudosa utilidad que tanto abundan en librerías, bibliotecas e Internet. Por eso son tan valiosos los materiales allegados por naturalistas, dialectólogos, historiadores de la literatura, eruditos locales e incluso diletantes de las más diversas tendencias, que, trabajando con amor a lo largo de sus más o menos prolongada existencia, han terminado reuniendo unos singularísimos bancos de datos empíricos más o menos fiables de la vida, el habla y la obra concretas de sus respectivas comunidades. Pienso, por ejemplo, en el caso de los archivos del tinerfeño Agustín Álvarez Rixo, el conejero Agustín de la Hoz, el palmero José Pérez Vidal, el majorero Francisco Navarro Artiles, el palmero Talio Noda o el gomero Isidro Ortiz, tan pródigos en materiales sobre la vida de los campesinos, pastores y marineros de sus respectivas islas y aun de todo el Archipiélago. Y eso, sin contar con los archivos etnográficos o de tradiciones populares oficiales, como el del cabildo de Fuerteventura, que tantos datos recogidos por sus propios miembros atesoran. Sin el abnegado esfuerzo y el celo que esta gente ha dedicado a la recogida y estudio de la intrahistoria del pueblo canario, no tendríamos los isleños hoy memoria colectiva, porque la mayor parte de las cosas del mundo tradicional insular ha pasado a mejor vida con el inexorable paso de los años. ¿Qué vida les suele deparar el destino a estos interesantísimos veneros de saberes populares privados? Los más modestos no suelen trascender el ámbito familiar, pasando silenciosamente de padres a hijos, en el mejor de los casos. Aquellos que gozan de cierta entidad tienden a convertirse en archivos o fundaciones privadas, generalmente con ayuda a veces a regañadientes de tal o cual ayuntamiento o cabildo. Y los de mayor empaque y aliento suelen pasar a engrosar los fondos documentales y bibliográficos de instituciones públicas, como archivos, bibliotecas y museos. Ninguno de estos destinos es el más idóneos para la mejor preservación, gestión y uso de los materiales que aportan. El destino de los primeros no es el idóneo porque la dispersión de los bienes familiares y la ignorancia de los herederos hacen que, por lo general, el material termine cayendo en el olvido. ¡Cuántas libretas de interesantísimos datos de vida, memorias y recuerdos íntimos de la gente más humilde de las Islas no han pasado a mejor vida por su nulo valor crematístico en las herencias! El destino de los segundos no es el idóneo porque la falta de recursos para mantener operativos los archivos o fundaciones que los acogen, su ubicación en puntos más o menos periféricos del Archipiélago, la rutina o la escasa demanda de sus servicios provocan que, tras el entusiasmo propio del inicio, aquellos terminen echando el cierre y cayendo en el olvido. Y el destino de los terceros no es el más idóneo porque el volumen de los fondos que administran las instituciones que los acogen les resta visibilidad, al tiempo que complica su gestión y uso. Por todo ello pensamos nosotros que, para la salvaguarda y operatividad de este importantísimo patrimonio cultural de las Islas, lo más oportuno y conveniente sería la creación de un Archivo de Etnografía pancanario (no insular o local, de los que, con uno u otro nombre, ya hay varios en el Archipiélago) que se encargara de recoger (garantizando, como es natural, la legítima propiedad intelectual de sus autores), concentrar en un mismo punto, poner a buen recaudo, clasificar, administrar y poner a disposición de los investigadores y el público que lo demanden los materiales que puedan aportar no sólo los profesionales de la botánica, la zoología, la dialectología, la literatura, las tradiciones populares, etc., sino también las gentes más o menos humildes que con tanta generosidad dedica parte de sus vida a recoger los usos y costumbres de sus paisanos. De esta manera, no sólo garantizaríamos “su identificación, protección, recuperación, conservación, acrecentamiento, difusión, fomento, investigación, valorización y transmisión a generaciones futuras, de forma que sirva a la ciudadanía como una herramienta de cohesión social, desarrollo sostenible y fundamento de la identidad cultura”, como manda expresamente la ley 11/2019 de 25 de abril del Patrimonio Cultural de Canarias, sino que también ahorraríamos a sus legítimos dueños o a sus familiares el humillante desdoro de tener que peregrinar por las oficinas del político de turno a mendigar una ayuda que permita salvar trabajo tan valioso de las garras del tiempo; una ayuda que, más que una gracia, debería ser un derecho inalienable, por el indiscutible interés que aquel tiene para la memoria de todos.