tribuna

Sánchez y Trump

España, a veces, cansinamente, puede parecer un país atrasado. Esta semana han ocurrido cosas que tambalean al mundo y medio país miraba a las musarañas.

En Madrid sienten la ausencia de Sánchez, que se mudó a Lanzarote en agosto, y le lanzan puyas domésticas de reclamo, mientras saltan las alarmas más allá de nuestras fronteras. Como quiera que la oposición hereda ese tic de aislamiento europeo de otra época y no hay cosa que más anhele que llegar a la Moncloa, podemos pensar que, en efecto, una de las dos Españas vive al margen del exterior.

Esta semana empezó con EE.UU., no en tiempos de Biden, sino de Trump, en una exótica prealerta de guerra con Rusia, las dos máximas potencias nucleares. De la luna de miel a la antesala del infierno. El grotesco expresidente Medvédev, número dos del Consejo de Seguridad ruso, calificó el ultimátum de paz de Trump a Putin para Ucrania (hasta el viernes, a la par de su salva arancelaria) como “un paso hacia la guerra”. Y el republicano, engallado, movió dos submarinos nucleares, la pantomima de guion. Nos quedamos en manos del azar, porque con estos dos nunca se sabe. Para averiguar si la crisis era de coña o no había que recurrir a fuentes externas. En España, el PP se ensañaba con el musulmán en Jumilla. Afuera, las cosas estaban en el metaverso de un Trump obsesionado con el Nobel de la Paz contra reloj y un Putin reconcomido.

Hace tiempo que vivimos -los que no vivimos presa del eclipse informativo español a conveniencia- pendientes de Ucrania y Gaza. No son dos conflictos regionales y basta. Si se observan detenidamente, son dos bombas de relojería que a cada instante ponen todo patas arriba. Conociendo a Trump, habrá ordenado bloquear las manecillas del reloj del juicio final de Chicago. Subidos a este potro salvaje, todas parecen ser las horas más tensas en 80 años. Entonces se acababa una guerra mundial y caían dos bombas nucleares en Japón, a eso me refiero.

España está más atenta a sus zancadillas de patio de colegio. En Gaza, el horror -que hace tiempo que es inhumano- se elevaba a la máxima potencia, con el acuerdo israelí de ocupar toda la Franja y borrar la presencia palestina. Hasta Alemania, secuestrada por el Holocausto, reaccionó con ira cerrando al invasor judío el grifo de armas que pudiera usar en su delirio exterminador. Ahora se espera que Europa rompa también su letargo contra Netanyahu, el que huye hacia adelante sin apoyo militar, ni del pueblo ni de las familias de los 50 rehenes vivos.

Ni Ucrania ni Gaza son temas de conversación política en España. Dos no hablan si uno no quiere. Sánchez había reconocido a Palestina cuando era un anatema. Ahora ya no lo es, pero a la oposición no le apetece cambiar de tema y condenar la sanguinaria matanza de niños a balas de fuego y a balas de hambre, por un complejo palestino, esa fobia a conciliar con la izquierda.

Ahora Sánchez libra un pulso con Trump. Todo empezó con el 2% de gasto militar en la OTAN (“le haremos pagar el doble”, prometió enfurecido el del tupé) y ha continuado al suspender la compra de los cazas F-35, más los contratos con China. En abril, visitó a Xi Jinping el día que estalló la guerra arancelaria de Trump, y cuando fue a la India, le brindaron aquel paseo de honor en un vehículo descapotable. Desde EE.UU. le dijeron que era “como cortarse el cuello”. En España duerme un sentimiento antiyanqui posfranquista, que Trump contribuye a despertar.

Con tanta pájara informativa, no somos conscientes del estado de la cuestión en el mundo. El nuevo presidente norteamericano no es un estadista al uso. Dispara con aranceles contra Lula porque en Brasil la justicia persigue al golpista Bolsonaro. Tanto EE.UU. como la derecha española ven a Lula en Sánchez y viceversa (el español preside la Internacional Socialista, que ambos habitan). Las izquierdas escasean tanto, que son como dos llaneros solitarios.

Israel ya ha dado el paso previo al sueño de la Riviera de Oriente Próximo de Trump. Estamos ante el féretro de un pueblo entero. Y bajo una gran desmovilización, que contrasta con las manifestaciones contra la guerra de Irak en 2003.

Ucrania sigue invadida. Y Rusia acaba de levantar la moratoria de misiles de corto y medio alcance, como antes EE.UU. En ese clímax, anuncian un encuentro. Confieso que vi a Putin, el miércoles, estrechando la mano al enviado especial de Trump, ese instrumento humano llamado Steve Witkoff, me acordé de Macron (de la larga mesa de por medio) y compadecí al hombre que vive entre esos saludos envenenados.

En La Mareta, Sánchez tiene cerca el mar en que se zambulló Gorbachov en 1992, en las antípodas de estas aguas. Cada verano que el presidente vuelve de vacaciones a Lanzarote, hay más calderos al fuego. Ahora arde Europa, arde el mundo y España arde en una ola de calor, pero su guerra es otra.

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