decalcomanÍa

Sentimentalismo

Ilustración: María Luisa Hodgson

Después de innumerables wasaps incluyendo emoticonos me entero de que los corazones, según este o aquel, tienen su significado. Conocía el uso psicológico del color en el cine y la publicidad, no el código que hoy en día utiliza gran parte de la población a través de sus dispositivos móviles, omnipresentes en la psique del ser humano desde el amanecer hasta el ocaso. Querido sometimiento, perniciosa peste existencialista sin un Albert Camus que la eleve a la categoría de lo absurdo. 

No es casual que Darth Vader vista de negro (maldad), que el rostro de la Bruja del Oeste en El mago de Oz sea verde (repulsión) o que la furgoneta de la película Pequeña Miss Sunshine sea amarilla (alegría). Ahora, la variedad cromática ha dejado de lado el estímulo subliminal del celuloide para formar parte de un consciente lenguaje universal que facilita o desconcierta relaciones. Depende del cristal. 

El listado de los pictogramas y su interpretación es extenso. Consultemos la Emojipedia: el corazón amarillo está relacionado con la amistad y la armonía. Alegra el mensaje que lo acompaña. Conecta, además, con la felicidad, la riqueza y el poder. El corazón azul muestra confianza y lealtad. El corazón blanco transmite afecto, al tiempo que recurrimos a él en contextos ligados a la pureza, por eso de los ángeles y la paz. El corazón marrón se sitúa en conversaciones vinculadas a la identidad racial y la diversidad étnica. Se habrá prodigado estos días, un suponer, a raíz del decreto aprobado en Jumilla que prohíbe las ceremonias islámicas en espacios públicos. El naranja se asocia al entusiasmo y a la energía. Anima o refuerza un contenido optimista. El corazón negro representa luto, dolor y tristeza (uno por ti, Fernando Senante). El corazón rojo se une a amor, romance, gratitud, afinidad y aprecio por alguien, lugares y objetos. El rosa es el tono del querer dulce y delicado. El verde simboliza juventud, esperanza y naturaleza, por lo que se adopta en reivindicaciones medioambientales. El violeta, por último, es el color de la causa feminista, concordando, también, con agradecimiento, feliz cumpleaños y amor prohibido.

Arriba los corazones de Antonio Flores y un Bourbon con hielo. Pero la cosa no queda en la pantonera. La simbología del emoji cardiaco tiene más tela que cortar. ¿Quién quiere escribir o conversar tras claudicar ante un Android o iPhone? Así nos luce el pelo. Una imagen, mejor que mil palabras: corazón roto, corazón ardiente, corazón latiendo (emoción), corazón con vendas (en proceso de curación y recuperación), corazón con estrellas (orgullo o cariño), corazón con flecha (amor de pareja), corazón con lazo (regalo), corazón que crece (el amor aumenta), dos corazones rosas (el amor está en el aire). 

¡Viva Paul Young! ¡Uff! Demasiada sensiblería. Me quedo con la educación sentimental civilizadora que propugna Javier Gomá, director de la Fundación Juan March y de la Cátedra de la Ejemplaridad del Colegio Universitario de Estudios Financieros (Cunef). Lo releo en una entrevista de verano que le hace el periodista David Lema en el periódico El Mundo. Aporta más que poner corazones, hacerme un selfi, navegar por Instagram o distraerme con cualquier otra gilipollez saliente de una pantalla portátil.

Dice el filósofo que la educación sentimental de la ciudadanía consiste, básicamente, en cultivar los grandes principios de la democracia liberal: igualdad, justicia, dignidad y respeto a la libertad. Estos conocimientos y sentimientos colectivos, apunta, son asumidos por la mayoría. No obstante, afirma, cuando se maltrata la educación del corazón la auténtica democracia liberal corre peligro.  

Ni siquiera la verborreica política hispana descansa en las altas temperaturas de la canícula. Ni siquiera el populismo, la polarización, los insultos… aminoran la marcha en agosto. En España (y resto del Mundo) sobran mensajes con su carga emoticona, sobra el sentimentalismo.

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