El brillante estudiante de Bachillerato lo tiene claro. No duda un ápice. Se matriculará en Medicina porque quiere “forrarse”. Así, tal cual. Sin medias tintas. El joven antepone el pecunio a cualquier otra consideración que ennoblezca la profesión que ejercerá en el futuro. La sinceridad le honra y le pervierte. Malos tiempos para el ejercicio hipocrático cada vez más mercantilizado. Pobre ser humano doliente zarandeado por el insensible mercado. Carne al peso. Que pase el siguiente número. La bata blanca ensoberbecida cobrará ciento veinte euros por prescribir una pastilla amiga al término de una consulta de diez minutos con mayor o menor enjundia.
En todas partes cuecen habas. Nadie lo duda. Pero mísera sanidad privada que infla las perras. La fragilidad corpórea y las listas de espera de la pública dan alas al pase por caja. Con el bienestar no se juega y con la pasta gansa, tampoco. Termómetros corporativos por la causa. Dejemos la solidaridad sin fronteras a idealistas de oenegé. En el Primer Mundo el minuto galeno se vende a precio de oro. El estetoscopio viste de Prada.
Joan-Ramon Laporte, exjefe del servicio de Farmacología clínica del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona y catedrático emérito en la Universidad Autónoma de Barcelona, desvela en su libro Crónica de una sociedad intoxicada (Península, 2024) como la clase médica se ha plegado a los intereses de la industria farmacéutica. “Hemos medicalizado la vida”, dice sin pelos en la lengua. Su crítica al sistema sanitario del siglo XXI, dominado, subraya, por intereses empresariales, pone la piel de gallina: “La práctica de la medicina se ha convertido en una actividad que trata a gente sana haciéndole creer que está enferma”.
La radiografía de Laporte desvela el cambio de valores registrado en un colectivo profesional que, salvo excepciones, tiene la mirilla desviada. Los medicamentos marcan la hoja de ruta. Solo hay que ver, por ejemplo, las consecuencias que está originando la excesiva ingesta de paracetamol en España. Lo apunta la doctora Elisabeth Sanabria en el último número de la revista Fama. Así, escribe que, además de ser un fármaco potencialmente hepatotóxico, tiene un efecto directo sobre el espectro psicológico emocional de las personas pues reduce la capacidad de empatía. Esto podría explicar el pesimismo que envuelve a la angustiada sociedad hispana contemporánea, harta de convivir y conocerse, obsesionada con la salud mental.
Sea el paracetamol o no la causa de que una panza de burro perpetua se haya instalado sobre innumerables cabezas rojigualdas, la contrariedad es global. Según el informe Generation Z: shaping the future of consumer trends, la mitad de la población entre veinte y treinta años afirma recibir tratamientos por ansiedad, depresión, trastorno de estrés postraumático, trastorno obsesivo-compulsivo u otros problemas mentales. Esta cifra es casi el doble que la que registran otras generaciones.
Sin ánimo de frivolizar con un asunto relevante, quienes estudiamos EGB, BUP y COU fuimos pibes y pibas con una actitud más o menos desinquieta, formal, curiosa y resiliente. En general, sin amarguras, con capacidad para gestionar las emociones y el aprendizaje. Eso sí, tomábamos Redoxón, Calcio 20, grageas de aceite de hígado de bacalao (Seven Seas) y cubríamos las heridas de las rodillas con mercromina después de jugar a montalachica. También masticábamos chicles Bazooca y Bang Bang. Poco más. Después crecimos, nos reprodujimos, empeoramos y le compramos un teléfono móvil a la descendencia, en la actualidad adicta a Instagram y TikTok. Ahí empezó el acabose.
En 2022 se expidieron en España más de mil millones de recetas. Y en aumento. Al alumnado diagnosticado con Trastorno por déficit de Atención con hiperactividad (TDAH) se le trata con metilfenidato y anfetaminas. La juventud consume antidepresivos y la puretada no puede vivir sin píldoras contra el colesterol, el insomnio y la acidez estomacal. ¡Ay!

