La sostenibilidad del sistema es algo que lleva muchos años poniéndose en cuestión, incluso en aquel mundo bipolar de cuando éramos chicos y que parecía inmutable. Digo parecía claro, porque después bien que mutó y la depredación de cualquier cosa susceptible de ser usada y consumida, ya fuera ser vivo o inerte, alcanzó en las siguientes décadas cotas inimaginables.
Bien es verdad que el término sostenibilidad, y todos los que continuaron llegando después fruto del debate y análisis de la situación tanto a nivel local como global, fueron durante mucho tiempo conceptos que a duras penas salían de los límites de la academia y los núcleos activistas. Salvo contadas excepciones, esto es una realidad que se puede y se debe admitir sin temor ni vergüenza. No estamos juzgando, solo analizando.
Al igual que decimos lo anterior con cierto sonrojo, también podemos sacar pecho desde nuestras islitas porque aquí la defensa del territorio jugó un papel central en las movilizaciones populares y el debate público desde aquellos tiempos lejanos del mundo sin apenas internet. No en vano, para ponerlo en perspectiva, la histórica movilización contra la instalación de las torres de alta tensión de Endesa en Vilaflor, fueron hace ya más de veinte años.
Pero, ¿Por qué traigo está reflexión ahora? ¿Ya perdí el tino definitivamente y me dedico a hablar de conceptos y debates antiguos que no le interesan a nadie?. Creo sinceramente que no, estoy convencido que es justo lo contrario. Me explico.
Uno de los pilares básicos de cualquier sistema, cualquier sociedad, cualquier comunidad organizada es la certeza de que va a perdurar en el tiempo. Esa certeza se debe basar en una parte de realidades materiales -debido al pequeño vicio que tenemos los seres humanos de comer, dormir y esas cosas mundanas- pero también en un armazón cultural, ideológico, de creencias, que nos haga percibir que esas realidades materiales van a continuar mañana. Y pasado. Y el otro.
En resumen, tener la certeza -y también la sensación- de que la cosa va a durar, que se va a sostener en el tiempo. Y corríjanme si me equivoco pero esa certeza en Canarias cada vez la tiene menos gente. Diría sin miedo a equivocarme que la sensación de que esto hace “crack”, que así no podemos aguantar mucho más es mayoritaria a nivel social ahora mismo en el archipiélago.
Y no solo hablo cuantitativamente, que siempre habrá quien intente arrimar las ascuas a su ladito del fogón y poner los datos electorales sobre la mesa, pero no estoy hablando de eso -aunque ya saben que estoy encantado de hacerlo y rebatir el argumento puramente “matemático”-. Hablo de lo cualitativo, de la generación de un nuevo consenso social, asentado en amplias capas de la sociedad, que tiene más certezas en el “crack” que en la sostenibilidad del cotarro.
Hace unos días un amigo del barrio compartía en un grupo de whatsapp la canción de este año de Los Bambones “Estamos empetados”. Cada vez tenemos menos espacios y por desgracia no es una dinámica solo de Tenerife, es que pasa hasta en una isla tan extensa y tan históricamente poco poblada como Fuerteventura, como bien señala con crudeza nuestra incansable majorera irredenta Aceysele Chacón.
Playas llenas, carreteras llenas, espacios naturales llenos. Menos las cuentas corrientes y las bolsas del supermercado, todo lo demás lleno. El sueldo cada vez da pa menos. Los puntos limpios parecen carnavales del trajín que tienen, quien puede intenta apañar cualquier cachito con bloques para poder vivir. Cargando literalmente sobre los hombros los escombros de un modelo de vivienda que no funciona.
Restricciones de agua para la población canaria y grifo abierto para el todopoderoso negocio que trae aviones llenos con gente y se los lleva cargados con billetes. Vertederos rebosando, AirBnB en cada esquina y las élites haciendo como que nada de esto está pasando e inundandonos de publicidad para convencernos que todo va muy bien y que la economía marcha sobre ruedas. La distopía. Disonancia cognitiva de masas. Y lo hacen premeditadamente, no lo olvidemos. Imposible mantener la salud mental intacta -aunque más vale que lo hagas porque si esperas a que el sistema público de dependencia te atienda, la llevas clara-.
Y podría seguir así hasta el infinito.
El modelo de turismo masivo, extracción de riquezas hacia fuera y bajos salarios cruje. No es que tenga una grieta, que es no tiene un solo pilar intacto y cuando caiga, si el rumbo es el actual, no va a ser poquito a poco. El estampido se va a oir desde Dakar.
Que va a llegar todo el mundo lo tiene claro, lo que está en disputa precisamente es el cómo. ¿De qué forma afrontamos ese momento?, ¿tenemos la posibilidad real de anticiparnos y prepararnos colectivamente?, ¿o está todo perdido ya y hay que tirar palante en el día a día cada uno individualmente escapando como buenamente pueda, con la maleta a mano en el armario pa mandarnos a mudar?.
Ahí precisamente está la disputa. Económica, social, cultural y por supuesto, política.
No quiero ser agorero ni tendencioso -mentira, si quiero serlo y lo hago a conciencia- pero hay un pequeño detalle que marca un diferencia importantísima con otras épocas del pasado reciente y que sin duda debemos tener en cuenta en esta batalla/debate/choque entre modelos posibles: ¿Hacia dónde cogemos las maletas?
Estamos a tiempo de evitar esa pregunta. Lo tengo clarísimo. En nuestras manos está, en un mundo tan cambiante y en momento histórico de tanta fragilidad, todo está en disputa. Todo. No regalemos ningún espacio, demos la batalla en todos los ámbitos para intentar no tener que hacernos esa maldita pregunta.
