tribuna

Desde el techo del mundo

Nepal está en el techo del mundo, pero esa circunstancia no parece ser una situación de privilegio. El Gobierno se atrevió a bloquear las redes sociales y los jóvenes usuarios decidieron quemar el Parlamento y la casa del presidente, que hace unos días asistía al festival de Pekín, en compañía de Putin de Xi Jinping y de Kim Jong Un, lo mejor de cada casa, al menos para el mundo occidental. Un buen ejemplo no es lo que indica una especie de adicción esquizofrénica en buena parte del mundo que se diseña como una antesala del futuro. Hoy, Polonia ha sido atacada por drones rusos, y Polonia pertenece a la OTAN. Israel mata a dirigentes de Hamas en Qatar, pero Hamas no suelta a los rehenes. La presión no está sobre ellos sino sobre sus agresores. Hay una gran hipocresía en esto. Capitaneados por los inspiradores de la filosofía woke salió una flotilla de Barcelona que está siendo atacada por drones israelís, eso dicen, y en esto se compensan las agresiones de Putin en escenarios más cercanos a los europeos. En La Vanguardia, veo una entrevista a David Rieff, hijo de Susan Santong, en la que afirma que el wokismo es una guerra contra la gran cultura europea. Ya no sé qué pensar sobre todas estas cosas, pero me están cambiando el mundo que me empezaron a cambiar hace unos pocos años y me cogen fuera de sitio. Esto va muy rápido, y cuando las cosas van rápidas se llevan por delante todo aquello que sorprendan en un descuido. Tengo la impresión de que, con esto de los relatos y la IA, todo dura menos que un suspiro y la fe anda por los suelos hasta que venga un predicador de las redes a reponerla. El mundo está lleno de profetas y nadie viene a poner orden, porque esa persona no existe. Quizá por eso, porque no hay relevo, los dirigentes hablan del elixir que les va a proporcionar la eternidad. No se fían de los espíritus que no desaparecen, como el pajarito de Hugo Chávez posado sobre el hombro de Nicolás Maduro, o del ectoplasma de Franco cabalgando junto a Abascal, que es de lo que nos advierte el sanchismo. Cervantes inventó el bálsamo de Fierabrás para tener repuesto a don Quijote en la próxima aventura después del descalabro. Al menos don Quijote se dedicaba a desfacer entuertos, pero ahora los que intervienen en los remedios lo que hacen es complicarlo más. Los jóvenes nepalís son una advertencia de hasta dónde puede llegar la lealtad por las cosas que los tienen fanatizados. Son como Belén Esteban cuando decía: “Por mi hija mato”. Hay que tener cuidado con ellos. No sé qué tiene que ver lo woke con todo esto, ni por qué lo advierte David Rieff, pero algo debe haber de verdad. Europa muere, su cultura muere, occidente muere, pero sin nada que venga a sustituir esa desaparición. Hace poco alguien decía que lo que nos iba a salvar de la revolución digital era el humanismo, y tenía razón. Habría que preguntarle al ChatGPT para ver lo que nos dice. La respuesta será que el humanismo es todo lo que encierra en su enorme colección de datos, y con eso nos estará engañando porque es muy probable que el algoritmo nos diga que estamos equivocados, que lo mejor es dejarse llevar por los avances tecnológicos, que los escritores tenemos que dejar de escribir, que la autocrítica es un ejercicio perverso, que hay que dejar la puerta abierta a las cancelaciones y que en el cúmulo de descalificaciones de las redes se encuentran las esencias de la participación democrática, siempre y cuando no te toquen a ti, porque entonces se convertirán en acciones violentas inadmisibles.

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