Nací en 1942. Por cuatro años no pertenezco a la generación baby boomers. Ahora, con lo que está sucediendo en Francia y, en parte en Alemania, se nos culpa de, a cambio del bienestar, estar provocando una deuda insoportable que tendrán que pagar lo más jóvenes. Los jóvenes nunca tienen la culpa, se lo encuentran todo anotado en la cartilla por los compromisos mal administrados de los mayores, como si se tratara del pecado original. Son etapas de desentendimiento egoísta donde cada uno intenta salvarse como puede. En Francia han caído ya cuatro presidentes por este problema político de difícil solución. Alguien tendrá que parar el crecimiento de la deuda, pero cada vez que lo intenta las calles se encienden. Bayrou ha pretendido un recorte de 44.000 millones de euros y le ha costado tener que dejar el Gobierno. Las ciudades se levantan, arden los contenedores y la policía las reprime con mangueras a presión. España no va por un camino diferente, a pesar de la propaganda de las grandes cifras económicas. Un día estallará todo, si no le está haciendo ya. El hecho es que los jóvenes prefieren a Vox. Esto lo corrobora Tezanos, al que hay que cogérselo con pinzas para creerlo. Una ansiedad depresiva nos invade y empieza a adormecernos como si fuera el veneno que tomó Sócrates. Hoy he leído algo sobre Francia que me preocupa más que los asuntos dinerarios y es que los jóvenes tienen problemas con la escritura, derivados principalmente por un déficit de comprensión lectora. Esto es grave, porque es un asunto de complicada solución que no pasa por acudir a los sectores financieros a contratar un crédito. Es la amputación de una capacidad vital que puede considerarse el alma de la sociedad. Si no leemos y no sabemos escribir a dónde iremos a parar. Todas las crisis suponen retrocesos y este es uno bien palpable del que nos va a costar trabajo recuperarnos. No sé si esto tiene que ver con un excesivo uso de la digitalización, sobre todo llevada al terreno de la educación, pero, por si acaso, tomo nota de la advertencia que han hecho algunas comunidades autónomas retirando las pantallas de las aulas. Vuelta al lápiz y a la libreta, como en la canción: “tengo la cartilla del colegio, papel y pluma y goma de borrar”. Mi época, que como dije es casi la de los baby boomers. Era la de la pizarra y el pizarrín, amarrado con un cordel para no perderlo, la de los ejercicios de caligrafía para después adquirir letra de médico, la de las redacciones, la de la ortografía y la sintaxis, porque nuestros educadores entendían que primero teníamos que practicar con las herramientas adecuadas para luego aprender a expresarnos. Los jóvenes franceses no saben escribir y los españoles vamos camino de lo mismo. Veo cómo lo hacen en las redes y es de escándalo. También los observo en las calles fallando estrepitosamente en las preguntas de los cuestionarios de los concursos. En fin, una lástima. Pero no importa, porque alguien equivocadamente piensa que los tiene domesticados mientras se le escapan para irse detrás del caballo de Abascal, como si fuera el flautista de Hamelin. A pesar de todo los jóvenes no son culpables de nada. Bastante tienen con estar ahí y buscarse la vida sin ver un horizonte cierto, clamando por una vivienda que no conseguirán comprar, por un salario que no tendrán y por una estabilidad parecida a la de los baby boomers que se presenta muy lejana. Este es el problema para un futuro que ya tenemos aquí. Mientras tanto seguimos jugando al juego de las ideologías, con las mochilas cargadas de reivindicaciones y de odios, en lugar de llenarlas de libros y de plumas y papeles en blanco para escribir lo que pensamos.
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