Lo observé en mi reciente estancia en Morro Jable. Imaginé que la chica en cuestión debía de ser sumamente bella. Pero no la vi. Paseaba vestida con velos que encubrían su rostro y un traje que la ocultaba del mundo. Lo curioso era que el joven que la acompañaba, del que suponemos rasgos étnicos iguales a los suyos, vestía vaqueros a la última, camisa, zapatos y cinturón al estilo occidental. ¿Por qué ellos pueden exhibir esos componentes y ellas no?, ¿a quién se impone la norma de la decencia que en los países de origen se dicta?, ¿sólo a las mujeres? ¿Por qué? El miedo a la capacidad de la mujer. El primero de los pasos es someter, hacer que el cuerpo no se manifieste. El tapado lo es porque el macho lo impone, porque organiza el borrado. Lo otro resulta ofensa que conduce incluso a la muerte. Si el cuerpo propio forma parte de la entidad satisfecha, el mostrarse tal como se es o como se desea confirma la correspondencia con el ser. Eso una organización machista y recelosa no puede soportarlo. Apropiarse es el signo, cual nos mostró el aturdido y sanguinario visir de “Las mil y una noches”.
Del otro lado se sitúa el asunto en su lugar. Lo contemplé en la playa: hombres con pantalones de baño por encima de las rodillas y parejas sólo con las bragas del bikini. ¿Qué se ha ganado? La capacidad de decidir. ¿Pero los machos de esta parte del mundo le hemos concedido a las mujeres el lugar que por sí mismas, por sus aptitudes, merecen? ¿A qué le tenemos miedo los hombres de esta parte del globo, a que ellas elijan como les apetezca elegir o a que nos pongan en ridículo por sus valores?
Mujeres con velo e individuos en pantalones vaqueros; los nuestros con shorts y ellas en top-less. ¿Es toda la libertad? No sólo lo dudo sino que la duda se prueba. Si listas paritarias, presidente macho. ¿Por qué? Porque para la inmensa mayoría de los hombres en posición de decidir, la igualdad de la mujer es un disgusto ingrato. Esa es la consigna extendida. Las normas que nos hemos concedido lo aseguran.
Un amigo me dijo que, quiérase o no, la mujer es engendradora de hijos; el hombre productor de hijos. De ahí la diferencia: seguridad y futuro para ellos. Por ello el primor para los justos (chicas jóvenes y guapas), porque hasta los setenta y no sé cuantos años podemos preñar a una mujer que produce óvulos fértiles. ¿Esa constatación biológica decide el todo?
El miedo del hombre al rechazo se confunde con el miedo de los hombres por la libertad de su contrario. El terror que imponen unos amparados en el supuesto decoro o la religión se parece mucho a los eufemismos que horripilan a nuestro alrededor.
