La torpeza de Donald Trump agiganta la figura del presidente chino, Xi Jinping, que ayer lució todo su poderío en la celebración de los 80 años del fin de la II Guerra Mundial. Con el respaldo de una impresionante exhibición de armamento moderno, Jinping dijo que “la Humanidad debe elegir de nuevo entre guerra y paz”. Y no es humo, porque 80 años después del Acta de rendición de Japón, la razón de la fuerza y el atropello del derecho vuelven a ser moneda corriente en las relaciones internacionales, con el presidente de los EE.UU. como principal responsable, aunque no único, de pretender liquidar la entente a la que se llegó en 1945 cuando callaron las armas.
Derrotadas Alemania y Japón, los países vencedores entraron en un proceso de reflexión y búsqueda de un nuevo modo de dirimir las diferencias y articular mecanismos para la resolución de conflictos que no fuese el empleo de la fuerza. La convergencia fue posible a pesar de las visiones antagónicas del mundo que tenían el comunismo y el capitalismo, que coexistieron después en la Guerra Fría. Fue el tiempo de la creación y desarrollo de la ONU, que celebra este mes el periodo de sesiones de la Asamblea General con el lema “juntos y juntas somos mejores: 80 años al servicio de la paz, el desarrollo y los derechos humanos”. A pesar, añado yo, de Trump, Putin, Netanyahu y otros tiranillos menores que parecen haberse puesto de acuerdo en trabajar para Xi Jinping.
Es triste que 80 años después de finalizar aquel horror, tengamos que volver mentalmente a la casilla de salida y desempolvar la hemeroteca para alertar sobre hechos y situaciones que no conviene olvidar para que no se repitan. Ninguna causa explica por si sola el porqué de la II Guerra Mundial y casi todas las posibles encuentran cierto parecido con situaciones que estamos viviendo ahora: auge de movimientos de corte fascista, nacional populismo, atropello de los derechos y dignidad de las personas y del derecho internacional, expansionismo y agresiones militares, proliferación de gobiernos autoritarios y/o totalitarios, racismo, xenofobia…
El equipo pensante de la Casa Blanca, si alguien de ese perfil queda aún por allí, no puede ignorar que lo que dice y hace el presidente Trump se parece bastante al modo de actuar de dictadores y gobernantes autoritarios y a la manera de entender el mundo de los emergentes movimientos fascistas de los años 20 y 30 del siglo pasado. No es retórica.
Trump ha cambiado por su cuenta el nombre del Golfo de México, ha atacado las instalaciones nucleares de Irán y una lancha venezolana, desplegado, amenazante, submarinos nucleares, presiona a Brasil para que la Justicia de una nación soberana no aplique el derecho al expresidente Bolsonaro (condenado por hechos por los que él, Trump, debería estar en la cárcel), ha anunciado la toma del control del canal de Panamá e incorporar a EE.UU. Canadá y Groenlandia, deporta a inmigrantes y otras personas nacidas en EE.UU., recluye a ciudadanos en cárceles de terror como Guantánamo, en la nueva rodeada de cocodrilos en La Florida y en otras arrendadas en terceros países, impone a sus socios europeos bajo amenaza la compra de material de guerra y productos energéticos, ha impuesto saltándose la ley el control militar (con efectivos de la Guardia Nacional) de la policía en Washington DC y antes en los Ángeles…
No es, precisamente, la fe de vida de un gobernante democrático. Mas parece el manual de a bordo de un pariente de Hitler para imponer una dictadura global y organizar el mundo a su capricho. Se jacta de los atropellos que comete cuando cesa a quien no le da la razón, desoye a la Justicia, se entromete en la Reserva Federal, entra en el capital de las empresas privadas que se le antojan, reconoce su admiración por dictadores… Las apariencias pueden ser engañosas, pero a veces, como puede ser este el caso, resultan ser lo que parecen.
Los dioses nos han enviado a Trump para que nos enteremos de que estamos en una nueva era, ¿Ignora el presidente de EE.UU. la historia o quiere repetirla? A ver como salimos de esta.
