tribuna

Un pan como unas tortas

Aunque a trompicones, el resiliente Sánchez puede aguantar en la Moncloa, pero no gobernar. La Legislatura está acabada y esperemos que sea sin Presupuestos para 2026, porque, visto lo visto, nos saldrían por un pico en nuevos pagos y cesiones a los socios de investidura, que, ante la pasividad o impotencia del Gobierno, están empeñados en convertir España en una confederación integrada por dos naciones soberanas y otros territorios con estatutos desiguales.

Los socios han hecho oídos sordos a las continuas denuncias por presunta corrupción aireadas por PP y Vox y le han dejado hacer a Sánchez en materias que no colisionan con sus intereses (incremento de gasto en pensiones, subida del salario mínimo, reforma laboral, crecimiento del empleo, política exterior…), que, lógicamente, el presidente capitaliza como éxitos y balizas del camino que lleva al triunfo sobre la derecha. Y, sin embargo, esa sucesión de victorias corre el riesgo de desembocar en derrota final -Groucho Marx dixit- si, a consecuencia de las cesiones a los socios, hubiese que recauchutar la Constitución para encajar la financiación singular que exige ERC, la ruptura de la caja única de la Seguridad Social y el reconocimiento de soberanía nacional de Cataluña y Euskadi. ¡Vaya, un pan como unas tortas!

El pluriministro Bolaños suele decir algo así como que esto es lo que votaron los españoles en las elecciones en julio de 2023, pero no, de las urnas lo que salió es que PP y PSOE suman el 65,7% de los votos, muy por encima del agregado de todos los partidos del bloque independentista (6,5%) y de Sumar (12,3%), partidario también de la liquidación del pacto constitucional de 1978. Ese 65,7% es la expresión cabal de la mayoría social de los españoles y no el batiburrillo de socorro mutuo entre grupos muy distintos al PSOE y muy diferentes entre sí, que va de la comunista izquierda jacobina de toda la vida a los nacionalistas de izquierda y de derecha. Cosa distinta es que los políticos del PP y del PSOE de esta hora sean mezquinos e incapaces de ponerse de acuerdo. Han dividido al país en dos mitades con un mismo objetivo, que no gobierne el de enfrente. Y eso se parece bastante a una mayoría negativa, algo reprobado explícitamente por el 40 Congreso Federal del PSOE y de muy mal recuerdo para los demócratas porque evoca el tiempo de la República de Weimar que precedió en Alemania la llegada de Hitler.

La falta de entendimiento entre los partidos mayoritarios, la polarización y la vuelta al atávico odio entre la izquierda y la derecha, que es lo que ha dado lugar a la situación actual, se reavivó con el atentado yihadista en la estación de Atocha de Madrid en 2004, tomó nuevo impulso con la amnistía a los líderes del procés y se ha recrudecido estos días por la interrupción de la Vuelta Ciclista y la resistencia del PP a admitir que Israel perpetra un genocidio en Gaza.

Aunque Aznar se empeñó en atribuir a ETA el atentado de los trenes porque pensaba que eso beneficiaba electoralmente a su partido, el juicio del 11M demostró que la implicación de ETA era una engañifa, pero el daño fue enorme y no desaparece con el paso del tiempo porque el expresidente y sus afines, en vez de aceptar los hechos probados en los tribunales, alimentan todo tipo de conspiraciones para tratar de echar al PSOE del poder, verbigracia: “el que pueda hacer que haga” (Aznar), “¿de que prostíbulos ha vivido?” (Feijóo a Sánchez), “el régimen de terror de Sánchez, capaz de vender a España entera” (Ayuso).

Con la división y el odio se ha “normalizado” en la calle el uso de las ofensas que intercambian sus señorías en el Parlamento y hasta se ha hecho viral -menuda gloria- el insulto al presidente del Gobierno cantado a coro en determinados ambientes. Hasta las elecciones seguirá sonando el remoquete del PSOE “evitar que gobierne la extrema derecha” y los exabruptos del dueto Rodríguez/Ayuso… mientras engorda la mesnada de Abascal. Si Núñez Feijóo aspira a gobernar España y no una corrala, debería empezar por dimitir de “frutero” y poner distancia con la rabanera de Chamberí.