por qué no me callo

Y la democracia llegó con un disco de Manzana bajo el brazo

Manzana fue una idea afortunada de La Laguna al mundo. El medio siglo que cumple la fundación de la mítica factoría discográfica es como dar un salto en el tiempo y volvernos chiquillos repentinamente. Cosa que alimenta la expectación por el libro inminente que nos promete Alberto Segura, notario y protagonista de aquella aventura feliz.

La primera tienda de discos que abrió Manzana en la calle Dr. Zamenhof nos remite a los orígenes de nuestra vida estudiantil, social, política y periodística en mi caso y en el de mi hermano Martín, que vivió desde dentro, hechizado por la música, la evolución de una idea sin precedentes.

La Laguna, donde mataron a Javier Fernández Quesada con una bala envenenada las fuerzas del orden, era una ciudad con el alma en vilo a mediados de los 70. La calle de la tienda podía pertenecer a Santiago de Chile o al Buenos Aires de Videla, porque Canarias estaba impregnada de América, del golpe de Estado de Pinochet, como de los estertores del franquismo y la persecución tardía que disparaba contra la fachada de la Universidad o contra el barrio de Somosierra, donde cayó Bartolomé y la calle explosionó de nuevo.

El año que vino al mundo Manzana, 1975, el 2 de septiembre, en las postrimerías de Franco, Matute mató en comisaría a Antonio González Ramos, del PUCC, por pura inercia represiva en el azar desalmado que oscilaba entre democracia o más dictadura.

Manzana se mantuvo en pie 27 años hasta la crisis discográfica y, con la mudanza de siglo, pasó a ser un recuerdo imborrable, un fetiche, un himno. Ahora, Alberto Segura, que no ha perdido la costumbre y ha abierto tiendas de discos y vintages, de vinilos y vestigios de lo antiguo actual, nos promete un libro retrospectivo, gráfico y literario, del medio siglo de Manzana, que viene a ser la memoria de una generación, la nuestra, la de la libertad.

¡La efeméride es un relincho de tanta historia común almacenada! Porque Manzana como tal ya no existe, pero sí su anagrama y cartelismo, que muchos clientes, con una reverencia, rescatan y miman como el arquetipo, el espíritu jungiano de un tiempo en el que nos iba la vida.

La manzana de la tienda que abrió Alberto con Néstor Torrens y que dio paso a la empresa familiar de los hermanos Segura y el patriarca, Alberto González, a la que se sumó en los 80 Cristina Mantecón, se inspiraba en Apple Corps, la insignia discográfica de los Beatles, la manzana de un óleo de Magritte, Le jeu de morre (El juego de la morra), descubierta por Paul McCartney, que atrajo también a Steve Jobs para el logo de Apple. La manzana del paraíso y de Newton fascinó a las estrellas mundiales del pop-rock y la computación que cambiaron el modo de vivir y la moda musical. Y sedujo también a un canario, Alberto Segura.

A los hermanos Segura, Alberto y Javier, el símbolo les predispuso a subvertir la realidad, como pretendía el pintor surrealista belga, que acuñó toda una saga de manzanas psicológicas, desde un hombre con bombín hasta una habitación inflamada de la fruta hasta el techo.

En resumidas cuentas, Manzana haría su propia revolución, abriéndose paso entre el posfranquismo y el cubillismo, la democracia y el tejerazo. Se plantó en Madrid, saltó a América, a la Cuba consanguínea, creó su sello, con estudio propio de grabación, y parió una discografía de esta tierra que hoy es un patrimonio impagable de la identidad de cuando Canarias se dio a respetar.

En 1975, cuando se pone en órbita el satélite discoidal de Manzana, en medio de una ebullición de guateques y discotecas, no existía una industria discográfica de exportación. Habían arrancado Los Sabandeños, Taburiente y Caco Senante -que Manzana no tardó en captar-, y una vorágine de cantautores que adoraban a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés se daba gusto musicando letras de poetas contestatarios, de García Cabrera a Millares Sall, como hacía Paco Ibáñez con la poesía española. Eran años caldeados con Raimon (Al vent), Pablo Guerrero (A cántaros), Lluis Llach, Aute, María del Mar Bonet, Rosa León, Elisa Serna… Y con José Afonso (Grândola, Vila Morena), en la Revolución de los Claveles de Portugal, que fue la espoleta de España. Y se hacía música política, fuera pop o canción protesta, rock, folklore o canción popular.

Los años en que todo ocurría deprisa, arribaban la preautonomía y la autonomía consiguiente a Canarias, a lomos de la Transición. Los Sabandeños cantaban al mencey loco y la calle estaba al rojo vivo, incluida la del Dr. Zamenhof, donde la democracia llegó a las Islas con un disco de Manzana bajo el brazo.

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