El pasado verano, la noticia de que un grupo de Facebook en Italia con más de 32.000 miembros había sido cerrado después de que se demostrara que el cometido de sus usuarios era compartir fotografías íntimas de sus mujeres, muchas sin su consentimiento, horrorizaba a cualquiera, echándose las manos a la cabeza ante la denigración y la humillación tan ingente hacia las personas que supuestamente amaban.
La pregunta que ronda por muchas cabezas es: por qué. ¿Por qué las mostraban con poca ropa, dormidas e, incluso, embarazadas? ¿Por qué las exponían al juicio colectivo de energúmenos sin escrúpulos que fantaseaban con agredirlas de incontables formas? Pienso en un cierto sentimiento de inferioridad ante la mujer del siglo XXI: económicamente independiente, con capacidad para identificar comportamientos machistas y haciéndose hueco en la esfera pública. Según han reflexionado diversos expertos, algunos hombres necesitan validarse como tales con este tipo de comportamientos, en este caso, exhibiendo a sus esposas como trozos de carne en espacios comunitarios que facilitan en los últimos tiempos las redes sociales. Y ahí va el quid de esta opinión.
El grupo en cuestión, que para más inri era público, llevaba siete años activo a pesar de las denuncias. ¿Dónde estaba el algoritmo tan infalible de Meta, propietaria de Facebook, para identificar los delitos cometidos en el mismo? ¿Quién será responsable de haber expuesto a estas mujeres al escarnio público? La respuesta es muy sencilla: seguirán con sus vidas de presunto marido y padre responsable gracias a la impunidad del anonimato.
Desde hace años, un importante sector de la sociedad pide a estas enormes plataformas que los usuarios precisen de identificación al registrarse con el fin de acabar con el odio y la violencia amparados por un alias inventado. Vincular el DNI a los perfiles en redes sociales desalentarían los ataques de aquellos que podrían ser fácilmente identificables por las autoridades en caso de incurrir en un delito, tal y como ha sucedido en el país de la bota, donde decenas de miles de hombres anónimos han burlado la justicia mediante abuso y explotación sexual ante los ojos del gigante tecnológico.
