No todas las opiniones son respetables, afirma a cada paso José Antonio Marina, el autor de Anatomía del miedo, entre otros interesantes ensayos. Lo que es respetable, insiste el inquieto pensador, es el derecho a opinar. Y dice bien. Marina ha planteado esta cuestión a sus alumnos más de una vez, y la concurrencia ha respondido con criterios diversos como es lógico. Porque no siempre nos queda claro esa sutil distinción entre una cosa y otra. No siempre somos capaces de discernir si hablamos con solvencia cuando abrimos la boca, para atrevernos a hilvanar razones sobre un tema que dominamos o no. También puede que oigamos campanas en la parroquia cercana, y nos lancemos a la piscina, y desde el trampolín, como hace cada día el humorista Pedro Ruíz. Por eso decimos, en ciertas ocasiones, que somos unos lanzados. Lanzarse, aunque no lo parezca, ante un auditorio, ante un micrófono, delante de una cámara, en las enredadas redes sociales o montado en una columneja como esta, tiene sus riesgos.
Porque no es lo mismo emitir un discurso porque sí, porque corté con la piba, por ejemplo, que hacerlo con la solidez argumentativa que el asunto requiere; no es lo mismo pronunciarse sobre un tema que dominamos, que dejarse llevar por la precipitación o el estado de ánimo. En ese espacio que bascula, entre la ciencia y la ignorancia, habita a sus anchas el aparente conocimiento que se manifiesta sin pudor en todos los ámbitos, y que un tal Platón llamaba doxa, la mera opinión. Algo de carácter lábil, que apenas se sostiene en pie y menos si va acompañado con la vehemencia que denota fragilidad. Y para enredar más la pita, el insigne José Ferrater Mora nos señala que el filósofo no debe caer rendido ante la opinión, ya que “lo que corresponde a ese saber intermedio de las cosas también intermedias es la opinión”. Hablando claro, que andamos inmersos en un mar de opiniones que nos ahoga, que estrangula nuestra libertad de pensamiento; porque son opiniones que emiten tanta bulla, que apenas nos dan una tregua para meter baza y darnos el gusto de escuchar el leve sonido de nuestra propia voz.
