Se ha llegado a decir: “Ninguna mujer con pulsera ha sido asesinada”. Como si eso bastara. Como si la violencia machista pudiera medirse únicamente en cadáveres. Como si mientras no haya ataúdes, las mujeres debieran sentirse agradecidas. Pero la violencia no empieza ni termina en la muerte. La violencia se instala mucho antes: en el miedo cotidiano, en la vigilancia constante, en la sospecha de que en cualquier momento puede aparecer el hombre que te quiso someter. Se instala en la rutina de revisar dos veces la cerradura, de cambiar de número de teléfono, de mirar por la ventana antes de salir. Se instala en la piel y en la memoria. Eso no es vida. Eso es una ejecución lenta, silenciosa, una condena perpetua. Hoy he estado escuchando testimonios de mujeres que lo vivieron de nuevo. Mujeres que tuvieron que esconderse porque sus maltratadores no estaban localizados. Mujeres que volvieron a sentir el mismo pánico en la garganta, la misma certeza de que podían encontrarlas en cualquier momento. Algunas durmieron en casas ajenas, otras apagaron los teléfonos, otras se abrazaron a sus hijos intentando que no notaran el temblor en sus manos. Esa es la realidad que se oculta detrás de la frialdad de una frase. Eso también es violencia. Eso también es tortura. Eso también es morir en vida. Y no están solas en ese infierno. Están sus hijos e hijas, de cualquier edad. Los que aún conviven en la casa del miedo y los que, aun lejos, siguen llevando dentro las cicatrices de lo vivido. Jóvenes y adultos que aprendieron demasiado pronto a callar. Que saben identificar el sonido de un portazo como si fuera una alarma.
Que recuerdan a su madre temblando, llorando en silencio, suplicando que no se hiciera ruido para no despertar la furia. Personas que cargan con un miedo que no les pertenece, que arrastran traumas de por vida. Porque esas escenas no desaparecen: se clavan en la memoria, se transforman en pesadillas, en ansiedad, en desconfianza. Son cicatrices invisibles, pero imborrables. Reducir todo esto a un “ninguna mujer con pulsera ha sido asesinada” es una mentira cruel. Porque sí las hay: muertas en vida. Muertas de miedo, muertas de angustia, muertas de desesperanza. Mujeres que sobreviven entre rejas invisibles, siempre en guardia, siempre encogidas. Y con ellas, hijos e hijas que crecen o viven entre gritos, silencios y lágrimas escondidas. El miedo mata. Mata la confianza, la alegría, la libertad. Mata proyectos, relaciones, futuros. Mata la posibilidad de creer en la justicia, en la protección, en que alguien va a estar ahí para defenderte. Cada mujer que tiembla cuando suena el teléfono, cada hijo o hija que se sobresalta con un portazo, es una víctima más de esta violencia que no aparece en las estadísticas oficiales. Decir que “ninguna mujer con pulsera ha sido asesinada” no es un consuelo. Es una condena. Es declarar que todo lo demás no importa. Que el sufrimiento, el terror, los escondites forzados, las vidas rotas no cuentan. Que mientras no haya cadáveres, el sistema puede fallar sin consecuencias. Pero el sistema que falla no es neutro: expone, abandona, condena. La violencia de género no se mide en cuerpos sin vida. Se mide en las vidas destrozadas que quedan atrás. En las mujeres que respiran con miedo. En sus hijos e hijas, de cualquier edad, que cargan con traumas que los marcarán siempre. En cada silencio impuesto, en cada sonrisa rota, en cada noche sin dormir. No basta con sobrevivir. No basta con no morir. Cuando el sistema falla, lo que se rompe no son las estadísticas: son las vidas. Y mientras algunos convierten este drama en un campo de batalla partidista, las víctimas siguen esperando protección real. Deberían dejarse de peleas políticas y mirar de frente lo que está en juego: la vida y la dignidad de miles de mujeres y de sus hijos e hijas. Porque en esto no caben excusas, ni bandos, ni cálculos. En esto solo cabe proteger, reparar y garantizar que nunca más una mujer ni su familia tengan que vivir condenados al miedo.
