Cuando hablo de ansiedad no me refiero a la ansiedad como patología o síntoma de alguna enfermedad, sino a la ansiedad que nos afecta a todos. A la ansiedad social que nos atrapa; esa sensación que es como un barrido cinematográfico donde vemos el mundo desenfocado, distorsionado por la velocidad vertiginosa de lo que acontece. Esta sensación nos ciega, aunque estemos quietos en un sofá. Somos víctimas de una cadena fraudulenta de pensamientos. La mente sin filtro es un fraude, asegura el orientalista Ramiro Calle. Adquiera este patín que va enfocado, compre esa falda estampada que se lleva, aquel piso y lo vas pagando sabe Dios cómo, cámbiate esa nariz por una más puntiaguda, haz gimnasia contra la imparable flacidez de la edad, vete a las islas griegas aunque no sepas para qué.
La prisa como si no hubiera un mañana nos afecta a todos. Una parte de nuestro mundo parece embadurnado con una pasta grasienta y gelatinosa con sabor a final de los tiempos; respiramos un aberrunto apocalíptico, que nunca llegará mientras haya gofio de millo en la lata y cebollinos en el cantero.
La ansiedad a la que me refiero habita en los árboles de navidad prematuros con bolas artesanales y alturas nunca vistas, en los turrones desde septiembre, en las peladillas que ya no se sabe si son del año pasado o de esta temporada. Y con las fiestas de los pueblos también pasa. Los vecinos y los operarios del ayuntamiento correspondiente instalan las banderas de lado a lado de las calles. Y lo hacen meses antes del día principal de la patrona; las chuletadas sobre bañeras viejas para recaudar fondos tienen la fuerza festiva de una juerga premonitoria, un anticipo ansioso del gran día. Las prefiestas no dejan espacio para el asombro y la ilusión, se encadenan sin solución de continuidad. Los bebés sin dejar el biberón, el chupete y el aroma a cuna, se gradúan en las guarderías con gran pompa y regocijo. Las despedidas de solteros y solteras se han mezclado con otros territorios ansiosos por definir como las prebodas, unos fiestorros que salen un pastón si encima tienes que pagarte el avión y el remedio para la resaca.
