tribuna

Ayuso, Franco y el elefante blanco

Se atribuye a Domingo Pérez Minik, anglófilo, aquella agudeza de que los dos principales errores históricos de Canarias fueron “no dejar entrar a Nelson y dejar salir a Franco”.

Ambos hechos sucedieron en Tenerife, donde Franco pasó cuatro meses como comandante militar desterrado con mando en plaza y dejó en las Raíces la foto de una comida campestre muy jaranera antes del golpe de Estado y la guerra, cuando, chiquito y con voz atiplada, merecía bromas de colegas militares que lo apodaban Miss Islas Canarias, por sus titubeos con la asonada, siendo un dictador en ciernes que se camuflaba bien.

Lo que hemos visto este 20N, no el aniversario de la muerte de Franco, sino el sentenciarazo al fiscal general, es de túnel del tiempo, porque esos juicios premeditados tienen las reminiscencias que tienen. ¿Que se haya yuxtapuesto la condena a García Ortiz a la foto de Franco, muerto hace cincuenta años, tiene alguna intención subliminal? Un sondeo de El País y la SER calcula que la cuarta parte de los jóvenes prefieren un régimen autoritario, a lo que Iñaki Gabilondo repuso en estas páginas “que no aguantarían ni un mes aquello”. No sé si coger el rábano por las hojas. Tres cuartas partes de la población prefieren la democracia a cualquier otra forma de Gobierno. Dicho así, que una cuarta parte propende a fascista resulta menos terrible.

Madrid es un feudo muy carca y Ayuso se ha puesto al frente del monstruo carpetovetónico que se está cociendo en la antigua Dirección General de Seguridad de la Villa y Corte, donde torturaba Billy el Niño. Martín Pallín, exmagistrado del Supremo, nos sobrecoge en TVE con un peritaje que da miedo de lo acontecido en el juicio: “Es lo más parecido a un golpe de Estado”, sentencia. Ese día de la hipérbole se presentaba en el Congreso la serie de Movistar Plus + Anatomía de un instante, basada en el libro de Javier Cercas sobre el tejerazo. Eran, además, el jueves 20N del cincuenta aniversario de la muerte de Franco y el viernes del medio siglo del traspaso de la dictadura a la Corona de Juan Carlos I, el gran ausente de la fiesta en el Palacio Real. Ayuso desenfundó contra Sánchez, como si tuviera cara de García Ortiz, y disparó. Está de cacería. Que Feijóo se resguarde por si alcanza. Madrid, ahora, es una ciudad sin ley.

Así está muriendo 2025, con las balas perdidas de un ajuste de cuentas histórico. ¿Por qué tanta rememoración de la palabra dictadura en boca de Ayuso y de franquistas nostálgicos, como el alcalde de Vox de Puente de Génave, que imprime almanaques con caudillos y aguiluchos? Ya sé que asistimos, en tiempo real, al nacimiento de un dictador en Estados Unidos, que declara una guerra o impone una paz a Ucrania. Pero a qué viene este ayusismo que azuza tanto a ETA como a la España perezjimenista de Franco con ese síndrome de Estocolmo. Ayuso, adverbio en desuso, significa abajo. A las tierras altas se decían de suso, y a las bajas, de yuso. Así que Ayuso está cayendo bajo.

No estamos en condiciones de adivinar la anatomía de este instante, tras la sentencia del fiscal, que tanto entusiasma a la guardia de corps de la baronesa del PP. Se echa en falta, tras lo acontecido, una comparecencia firme del presidente, a quien Ayuso atribuye pulsiones más propias de sí misma cuando augura que Sánchez prepara “algo desquiciado” para las próximas fechas.

La sentencia, según la asociación de Juezas y Jueces para la Democracia, “no va a ser comprendida por buena parte de la sociedad, convencida de la inocencia del fiscal general”. Pero a España se le pone piel de gallina preguntándose dónde está la pistola humeante, pues si a un fiscal general lo condenan sin pruebas, a un inocente donnadie, nadie le garantiza nada bueno.

En los estertores del franquismo entré por la puerta del despacho del abogado Antonio García Trevijano en Madrid, un bufete de metacrilato. Y al mecenas de la Platajunta, de turbio pasado en Guinea Ecuatorial, que pastoreaba en aquellas mesas de plástico a la oposición democrática, le urgía que hubiera una ruptura política en España. Me contó que él sería presidente de la República en un país que saldría de las urnas tras salir de las cavernas. Pero se impuso la reforma de Juan Carlos y Suárez, la Transición, una cirugía no invasiva del franquismo.

No funcionan en política los agobios electorales de Feijóo. Ahora, en el PP, cotiza al alza Ayuso, la autora del deicidio del fiscal. Esta batalla en los tribunales le pertenece, es su quintacolumnismo. La urdió Miguel Ángel Rodríguez, no Miguel Tellado.

Torres dijo que el 50 aniversario de la muerte de Franco celebraba “el principio del fin”, la progresiva recuperación de las libertades. Y en eso saltó la liebre de la sentencia mientras hablábamos de Franco. Tejero, el 23F, esperaba al elefante blanco. Y me vino a la memoria -democrática- aquella sentencia -no judicial- de Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Y me dio un escalofrío.