Cómico, propietario de un cine y hasta de un circo (ambos llevaron su nombre), Crespo era un tipazo. En su sala de cine vendía las entradas, acomodaba a los espectadores, y recibía sus propinas, proyectaba la película en su vieja Ossa de carbones y atendía el bar en los descansos. En el circo contaba chistes y vendía rifas. En cierta ocasión se le ocurrió inventarse que emigraba a Venezuela y que aquellas serían sus últimas actuaciones. El circo se llenó y el aviso en los periódicos le resultó tan rentable que jamás viajó al hermano país, sino que anunció varias veces que se marchaba y no se movía de la isla. Matías, distribuidor de Radio Film y de otras productoras, le mandaba los rollos de celuloide en la guagua, numerados, en unos sacos que el cobrador le dejaba en la puerta del cine. Con frecuencia, Crespo, con las prisas derivadas de sus numerosos quehaceres, confundía los rollos y proyectaba el segundo antes que el primero, con lo que las películas no tenían ni pies ni cabeza. En cierta ocasión rizó el rizo y dejó de proyectar un carrete entero, gracias a lo cual los espectadores se hicieron tremendo lío y protestaron airadamente. Crespo se sintió obligado a darles una explicación, encendió las luces del local y salió al telón, con rostro compungido. Dijo: “Señoras y señores, disculpen las molestias, pero ella muere”. Recibió el cómico una lluvia hortícola (tomates, lechugas y de todo lo que llevaban quienes habían hecho la compra en la recova y hasta algún espumoso pollo certeramente dirigido a su persona por algún peticionario de justicia), pero Crespo soportó estoicamente la ira popular con cierta dignidad. La anécdota quedó para la historia de la cinematografía universal. Si hubiera vivido en Hollywood, en vez de en Taco, Crespo habría sido un genio del cine y una estrella del circo.
