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Cuando me invitó Ghadafi

Estando todavía Cubillo en Argel lanzando diatribas, antes de que España lo intentara asesinar, recibo una invitación de Ghadafi para visitar Libia, a través de su Embajada en Madrid. También invitaron a Guillermo García-Alcalde, paz descanse, que entonces dirigía La Provincia. Guillermo no aceptó. Yo sí. Viajé a Madrid, traduje al árabe mi pasaporte, comuniqué mi viaje a Exteriores y recogí un billete Madrid-Roma-Trípoli (de ida, sin vuelta) en la Embajada de Libia de la capital de España. Me parece que la secretaria -española- que me entregó el pasaje se llamaba María Luisa Santamaría. Esa noche me alojé en el Palace, como era mi costumbre. Antes había preguntado en la legación diplomática que dónde iba a entrevistar a Ghadafi y me dijeron que en el desierto, porque estaba orando y se alojaba en su tienda. Me mosqueó que fuera yo solo el invitado -el otro había renunciado- y que el billete de avión había sido emitido solo con el viaje de ida. Pregunté por la vuelta y nadie me supo contestar. Por la noche le daba vueltas a la cabeza, en el hotel. Mis relaciones a distancia con Cubillo no eran buenas (luego sí lo fueron, cuando trabajamos juntos en El Perenquén, en Canal 7). Y la invitación había sido cursada a instancias de Antonio, que mantenía cierta relación con Ghadafi. En Exteriores habían calificado de “muy raro” ese viaje, lo que aumentó mi zozobra. Me desayuné en el Palace y en vez de dirigirme al aeropuerto metí el pasaje en un sobre, le puse la dirección de la Embajada de Libia y lo devolví por correo. Años más tarde, Cubillo me confesó que me habían preparado una encerrona. “¿Me hubiesen liquidado?”, le pregunté. “Puede que sí, puede que no”, me respondió el muy cabrito, riéndose. Creo que otra vez volví a salvar el pellejo.