tribuna

Cuestión de secretos

La comparecencia ante el juez de Koldo y Ábalos y los trámites de Teresa Peramato para ser oficialmente fiscal general del Estado acaparan la atención, a la espera de la sentencia del Tribunal Supremo que se ha llevado por delante al anterior Fiscal General, Álvaro García Ortiz, que acudirá al amparo del Tribunal Constitucional. En el PP sector Ayuso y en Vox no caben en sí de gozo. Pero como la Justicia es ciega (y los jueces independientes, que no se me olvide decirlo), lo mismo la sentencia provoca un mar de fondo que congela la sonrisa de los que ahora no pueden estar más contentos. Conocido el respaldo unánime del Consejo del Poder Judicial al nombramiento de la señora Peramato y tras las tarascadas preliminares de Núñez Feijoo y de su portavoz en el Congreso, el PP parece que se ha retirado a deliberar para ver por donde atacar. Antes de conocer el nombre de la nueva fiscal, Feijoo desenfundó la cachiporra, ¿oposición preventiva?, para atizar sin contemplaciones porque quien sea, adujo, “tendrá la sombra de la degradación sanchista”. ¡Nos ha amolado el profeta! Estábamos en el cincuentenario del 20N haciendo memoria de aquel día que se nos apareció Arias Navarro y gimió “Franco ha muerto” (Miguel Ángel Aguilar dice que tuvo que grabar tres veces el mensaje y que en las tres supo echar la lagrimita). Y en esto… llegó la filtración oficial (sí, como suena, filtración oficial) del fallo que condena al fiscal general por revelar datos (¿secretos?) del novio de la presidenta de la Comunidad de Madrid en un asunto que trae causa del delito de defraudar a Hacienda y presentar facturas falsas cometido presuntamente por la pareja de la señora Ayuso. Si no es para evitar que “un particular”, como ella se refiere a su novio, se abra las venas como anunció en la sala del juicio (los magistrados tienen su corazoncito) no es fácil entender el embrollo, digo el fallo. Debe tener su intríngulis cohonestar en la sentencia el sentido del fallo con lo que se escuchó en la sala. No se aportó ni una prueba y de los testimonios es reseñable el estrambótico melodrama del particular de Ayuso, la actitud del testigo desencadenante de todo este lio, Miguel Ángel Rodríguez, que reconoció que había mentido e inventado una patraña, y la sordera para oír a los periodistas. No sé cómo sus señorías podrán reparar el daño inferido a la imagen y reputación de los informadores, por mucho que maticen en la sentencia. Se atribuye a Oscar Wilde aquello de “no hay una segunda oportunidad para causar una primera buena impresión”. Está grabado el desdén, por no decir desprecio, del tribunal sentenciador por el trabajo, la palabra y el secreto profesional de los periodistas. Alguien debería proponer a la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación de la Universidad de La Laguna que organice un curso especial para jueces y magistrados sobre Comunicación y Periodismo, en cuyo programa, además de la organización y deontología en el ejercicio de la profesión, se incluya la doctrina vigente en materia de derechos y garantías de la Declaración Universal de Derechos Humanos, Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, Jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Convención Americana sobre Derechos Humanos, Pacto de San José de Costa Rica y nuestra Constitución de 1978. Sus señorías nos deben una explicación sobre el secreto profesional de los periodistas. El relevo de fiscal, traumático para García Ortiz y las instituciones, no le ha salido mal al Gobierno, lo que da oxígeno a Sánchez para seguir en una situación muy difícil. No le aprueban los presupuestos, tiene que aguantar que Sumar esté a la vez en la mesa del Consejo de Ministros y en la oposición, que los centrífugos partidos que le apoyan le hagan continuas muecas de desagrado, que el viejo aliado Podemos le haya declarado la guerra y, además, capear las denuncias de todas las corrupciones (probables, inverosímiles e imposibles), próximas y remotas. Razones sobradas para convocar elecciones, que pienso que será lo que haga Sánchez al menor resquicio de oportunidad que se le presente.