de remplón

El apego a las cosas

Todos sabemos que las sabidurías orientales ponen el acento en combatir los apegos, porque generan una cadena incesante de sufrimientos. Los hay de naturaleza muy variada. Podemos apegarnos al pasado y caer exhaustos en la pesada y triste nostalgia. Apegarse al futuro es perderse el valioso presente, que es el único suelo que tenemos en el transcurrir de los días. Y de esto llevo tiempo queriendo escribir y que así quede constancia, sin exagerar, para las generaciones venideras. Lo que viene en las líneas siguientes, es algo que he notado cada vez con más virulencia en el regate en corto. Ya sabemos que el tedio, las adicciones y otros obstáculos que nos impiden el buen vivir, son compañeros de viaje en esta travesía mundana, aunque hoy quiero destacar una más: la tacañería. El apego al vil metal. Porque veo que la tacañería se extiende sutilmente igual que una mancha de petróleo y, en muchas ocasiones, lo hace de la forma más burda en los ámbitos más insospechados. No voy a nombrar a ningún gremio, aquí no escapa nadie. Esta práctica en el pasado estaba vinculada con el clásico colgadera, con ese que tiene un sueldazo y que se va al baño, por casualidad, justo cuando pedimos la cuenta en el guachinche. Allí se queda la criatura contando lentamente hasta cien, mientras contempla las huertas de las medianías a través de un ventanuco. Los hay también que con una delatadora y espeluznante frialdad, prometen enviarte un bizum que termina extraviándose, entre la inmoralidad y la indecencia. Esta práctica es habitual en quienes tienen sus perras en bonos del estado o yo qué sé. Sus nombres no están entre los que menos tienen, los desfavorecidos y descartados de la sociedad. He visto cómo el personal busca, en los fondos de monederos de plástico, el importe de un cortado largo. Y realizan este gesto con una lentitud tan acusada al sacar la mano de la cartuchera, que su supervivencia peligraría en el lejano oeste, porque cualquier sheriff del condado lo hubiera dejado botado, herido de tacañería, a las puertas del saloon de Dodge City. Esta plaga de tacañería, este apego a la pasta como si te la fueras a llevar para el otro mundo, delata el nivel de primitivismo monetario en diversos sectores. Una cosa es ahorrar y otra es vivir de la cuenta corriente del vecino, o establecer con el mundo solo una relación bursátil y mercantil, lejana de lo que entendemos como sabiduría.