Jorge Luis Borges clavó su porvenir de escritor en el ensayo programático y especulativo Historia universal de la infamia. Con una excepción que afecta a todo el conjunto, un fantástico cuento, el único fictivo del libro: Hombre de la esquina rosada. El más de esa iniciativa la impondrá el autor tiempo después en Ficciones. Ese conjunto de cuentos (dieciséis en total, en la edición definitiva) es una operación cimera de cuentista. Asume en semejante fábrica la responsabilidad que Borges se procura para sí en oficio, en ajuste, en aprendizaje de la escritura y en resolución. Y de ese modo procedió en todos los aspectos de su obra. Los movimientos de Borges lo son por la esencia misma de lo que se procura en trabajo expreso; eso es lo que lo formó y lo facultó, lo que lo convirtió en el autor que hoy todos apreciamos, en el mundo entero.
Borges es un lector sublime, uno de los mejores lectores que se recuerdan. Leído a sí mismo, Borges sabe que después de Ficciones, si aspira a ser lo que por disciplina, por decisión, por empeño en la letra pretende ser, ha de afanarse de manera categórica, decidida, solvente: El Aleph, la colección de cuentos más sublimes de cuantas conoce la lengua. Lo cual nos lleva a admitir que la dicha lectura de sí mismo lo encumbra después de El Aleph y por precisión ética (como hizo Rulfo luego de Pedro Páramo) dio en suspender la publicación de relatos hasta que los nuevos lo reivindicaran unos treinta años después.
Borges es ahí radical, en construcción, en la suma programática, en la concordancia semántica, en los registros… Un escritor excelso que, como nos mostró en Ficciones y El Aleph, es imposible aducirle fallo o distracción alguna, asunto este implacable.
Un cuento de El Aleph, El muero: lo que Borges vuelve a traer aquí es su carga intencional sobre la Historia, sobre sí mismo, sobre lo compartido, sobre lo que lo asienta en el mundo como argentino, con el orden de universales que lo ensartan.
¿Cómo lo ejecuta? Un compadrito de Buenos Aires carga con un muerto y ha de huir para salvarse de la cárcel. Sale a la llanura y en la pampa se topa contra su ser. En ser, el coraje, la idea manifiesta de que pelear es una fiesta. Y así se enrola en la frontera de Brasil con un grupo de salteadores mandados por un viejo. Esto es, ha de sustituir. Primero el caballo, después la mujer y finalmente el mando. Para lo cual necesita ayuda. Que encuentra, el segundo del cabecilla, que dice acompañarlo. Hasta que, en la noche de autos, velada montada por el gran líder, la pistola que lo aguardaba se hace visible y escupe la bala que se cuela en su cabeza. ¿Fracaso? No, se contesta Borges. Los hombres no matan lo que veneran, los hombres mueren por lo que aman. Ese es el credo, ese es el muerto, ese es Borges.
